QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

lunes, 29 de noviembre de 2010

Las ideas, el afuera y la otra

        La autopista de las ideas es interesantísima. Primero, porque sino, no hablaríamos de ella. Segundo, vale mencionarla aunque me consuma unos gramos de instantes. Tercero, hubiera malgastado esos instantes, de todas formas. Y por último, porque estas palabras no son mis propias palabras —nadie tiene palabras—, son construcciones colectivas que según el conjunto que las diga, se vuelven más ricas y variadas o más pobres y viciadas.
        En la autovía no circulan automóviles sólo motores a fuerza de inventiva y traccionados por palabras. Variedad sobra: últimos modelos y también del 73’. La edad no deteriora ningún motor. El tiempo a las ideas las enquista, las hace resistentes o tercas o ambiguas o contradictorias. Las ideas son vehículos colmados de palabras retorcidas, apiladas como muralla. En algunos, las palabras se anudan telas de araña. O zigzaguean libres en armonía. O en desorden las palabras se chocan, erosionadas, colisionándose entre sí. Natural, las palabras cambian según sean pensadas o mejor dicho: el capricho de las palabras cambiará a cada sujetado. Y cada sujetado se diferenciará —o lo contrario— de sus prójimos a través del azar, del destino o por espanto.
        Existen dos manos: la Ida y la Otra. Siempre después de nombrar un primer axioma, el complemento del dúo es desechable y será lo otro. No hay vuelta en la autopista de las ideas, tampoco banquina ni señalización. Facilitada la descripción, resta aclarar que los conductores marchan sobre motores mentales pero no podría asegurar aquí —quizás por falta de pruebas— la ubicación hacia dónde se dirigen. Basta decir, las ideas no tienen fin, tienen medios y personas que las piensan.
        La velocidad es otro tema a atender, sería un crimen omitirlo. Cuánto más rápido, menos se ve a los demás. Entonces —lógica pura— cuántas más revoluciones se le pide al motor, menos se analizan las otras ideas. La conclusión es que al analizar con insuficiencia esas ideas, se acerca más al riesgo de desbarrancar el motor, destartalar su propia construcción deductiva o fanatizarlo todo empobreciéndose.
        La otra opción —la excluyente más descartable, ¿se ve?— es ir lentísimo. Uno deja de lado su propio motor y se obnubila, cuales espejitos de colores, con las ideas ajenas. Se pierde práctica, se adoptan posturas y tendencias irreconciliables con la realidad del conductor.
        Otra consecuencia de la baja velocidad —una vez más, la que se desprecia por ser otra— podría ser detenerse. Así, se está rendido. No hay producción de ideas, no se reciben las extrañas ni se buscan nuevas. Volver a arrancar es posible, sólo que cuesta y excede los límites de este análisis.
        En la Ida, a derecha están ellos y a la izquierda, nosotros. Si uno se mueve demasiado a la izquierda —para desmentir otras teorías— no cae en la derecha: queda fuera de la autopista. El afuera es el resto. El resto es la nada. Y de la nada, nada sale.
        En general, alguien por la derecha, evidencia su deseo de “conservación” y los de la izquierda, su búsqueda por el “cambio”. En esta dialéctica de conservar algunos cambios o cambiar todo lo conservado (incluyendo los cambios preexistentes, o más conocido como profundización del cambio), los carriles del medio juegan un triste papel. Son falaces de falsedad absoluta porque: o se conserva o se cambia.
        Como para cambiar hay que moverse, y el centro no se mueve —equilibra, se balancea— entonces, el medio, conserva. O ayuda a conservar. O es cómplice en la lógica de conservar. Empuja el atraso y lo lleva para adelante.
        ¿Qué se conserva y qué se cambia? Bueno, el ser humano pasa su existencia sumergido en este interrogante. Esta pregunta es la guía de la autopista mientras que los pensamientos de cabotaje van por colectora. 
        Por eso, repito, no hay vuelta en la autopista de las ideas porque el tiempo es dictador perpetuo pero está la Otra. Ahí ya no hay ideas, es otra vía. Es la guerra necesaria para mantener la paz. No hay crítica, hay armas. Con ideas, la izquierda vence. ¿Por qué? Porque para cambiar, se requiere más creatividad, más pasión y más humanidad. Para conservar, se requiere hacerse el gil. No importa qué idea sostenga al gil. Con las armas, la derecha gana. ¿Por qué? Fácil, le gusta la guerra.
        Un trasnochado me dijo una vez:
         —Las ideas no se matan.
        Pero otro —el excluido intencional— rebatió que no importaba la inmortalidad de las ideas:
        —Cuidemos la mortalidad de las personas —decía.
        Resumen: la Ida y la Otra. La Otra excluye al todo. Sin el todo, está la nada. De la nada, nada sale. O salen los tiros. Y la Muerte.
        —En la autopista de las ideas, ¿con qué pagamos peaje? 
        —No sé, esa te la debo. Pero mantengámonos en la ida, con las ideas. Evitemos el afuera. Y jamás volvamos a pisar la Otra. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

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