QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

sábado, 30 de octubre de 2010

Entre cipayos y medianoche

Los cipayos ladran más que nunca, Sancho; señal que cabalgamos,con miles de contradicciones pero maravillosamente.

jueves, 28 de octubre de 2010

Néstor Kirchner murió pero seguirá vivo

Por ese gran argentino
que trabaja sin cesar,
para que reine en el pueblo
el amor y la igualdad.


¡Perón, Perón, qué grande sos!
¡Mi general cuanto valés!
¡Perón, Perón, gran conductor,
sos el primer trabajador!.

Si bien sencillamente me sé la marcha peronista porque es pegadiza, pintoresca y está llena de voces infinitas, admirables de quienes la han sabido cantar con pasión (Walsh, Ongaro, Cámpora, Mugica, la JP, los Putos Peronistas, el Frente de Liberación Homosexual, Cooke, Evita entre muchos).
Hoy esta estrofa, la del medio (esa parte que jamás se nota, que queda en el montón) me pegó una trompada al estómago.
Hace tiempo descubrí que en los momentos más felices (angustiosamente felices, esa angustia terrible que te brinda la mayor felicidad de lograr imposibles) como la aprobación de la ley de matrimonio igualitario se me aflojan las piernas. No pretendo hacer un texto referencial a mi persona pero mis piernas son grandes, fuertes, musculosas y firmes. Las odio y las amo. Es lo que más amo de mi cuerpo: sin embargo cuando mi felicidad no tiene límites se me aflojan. Se me caen y dejo de sentirlas.
Descubro hoy, con asombro también, que en los momentos más conmovedores, lleno de tristeza por el político que se me va también se me aflojan las piernas. La cumbre de la tristeza fue con esta estrofa, en la exacta oración "...para que reine en el pueblo el amor y la igualdad." porque "amor" e "igualdad" recrean todo.

Estoy triste porque se me murió Néstor Kirchner, un tipo de la generación de mis viejos que logró lo impensable. Se dinamizó la militancia, los actores sociales, la Historia, la política, la Patria Grande, Los íconos del pasado más glorioso, la guerra eterna de los jamases contra los siempres, las madres, las abuelas, los hijos, las masas, el Pueblo, el debate, la actividad cultural, filosófica, literaria y cinematográfica. Se potenció la Memoria, las minorías, las diversidades, los sindicatos, los pueblos originarios, el Modelo y los sueños. Se levantaron las Banderas, la ideología, las contradicciones de clase, los periodistas y escritores censurados de los 70´s, las políticas de Estado progresivas y la sana crítica.
Seguirán habiendo mafias, corruptos, crímenes, delitos, violencias, burocracia, enriquecimientos desmedidos, delirios de poder, facilismo, oportunismos y millones de cuestiones por discutir y combatir y espero que gobiernos superadores que profundicen este rumbo puedan erradicar esos flagelos.
Sin embargo, admito (con alegría, satisfacción y esperanza en el futuro) que lo que este hombre ha movilizado será un rasgo fundamental en mí, y en muchos de mi generación.
Cierro esta vivencia con las últimas líneas de la carta de Mempo Giardinelli; Néstor y lo que viene:


Descanse en paz, Néstor Kirchner, con todos sus errores, defectos y miserias si las tuvo, pero sobre todo con sus enormes aciertos. Y aguante Cristina. Que no está sola.
Y los demás, nosotros, a apechugar. ¿O acaso hemos hecho otra cosa en nuestras vidas y en este país? Mempo Giardinelli

martes, 26 de octubre de 2010

El Medio Pelo en la sociedad argentina - Arturo Jauretche

miércoles, 20 de octubre de 2010

El otro soberano

            El pirata Timor huyó hacia Cartago después de saquear las poblaciones que la rodeaban. Sus habitantes, presos de la confusión, festejaron su regreso y lo coronaron rey. Los sacerdotes del templo de Baal decidieron organizar un magnánimo sacrificio y decretaron tres días de homenajes en todo el país.
            Las primeras medidas de Timor fueron purgar a su ejército, a sus consejeros y a sus concubinas. Se convirtió en un amante de las purgas; al punto tal de mensualmente beber pócimas para limpiar su propio estómago. La paranoia creía intramuros pero no así la tristeza del pueblo. Desde la implantación de su gobierno, el clima había resultado favorable para la agricultura. Las lluvias abundaban y los brotes de arroz se podían contemplar exultantes bajo el sol de primavera.
            Un día ante esta situación, Timor le preguntó a su más fiel consejero —el Visir de Oropel— acerca del miedo. Necesitaba saber por qué su pueblo no le temía. Éste le contestó que sólo quienes vivían dentro del palacio podían temerle. El pueblo de Cartago siempre se había comportado en forma independiente a los designios de sus soberanos.
            —Quienes han convertido a Timor en rey, jamás temerán a Timor.
            El pirata creyó que podía superar a todos los otros reyes cartaginenses que lo habían precedido. Se obsesionó por el miedo y por su pueblo. La fuerza de sus órdenes terminaba en el portón del muro exterior; por fuera, nadie acataba sus demandas. Su imagen era tan débil que gran parte del pueblo —quienes defendieron, en aquel momento,  la coronación— no recordaban su nombre.
            Convenía no pensar en el asunto refugiado en las purgas hasta que perdió el gusto por los lavajes. Encontró, casi en simultáneo, otra distracción: designar en cargos imaginarios a personas inexistentes. Su corte se empezó a reunir los días en gloria a Baal pero de la lista completa; ciento veintisiete jamás aparecían. Llamaba al Consejo de Guerra en tiempos de paz y despachaba delegaciones diplomáticas a reinados foráneos ya extintos. La aviesa memoria le hacía nombrar a la misma persona para dos cargos incompatibles. No comprendía las advertencias de que el embajador en Dacia no podía a la vez buscar un acuerdo comercial en Egipto. También a la inversa tenía problemas. Nombró Ministro de Justicia a cuatro cortesanos y ratificó a tres soldados como Sumos Sacerdotes de Baal.
            La inmensa burocracia generó que el Gran Maestro de la Orden Dorada, el Jefe de Jardines y el Ministro del Arroz dudaran de la inteligencia del monarca y le recomendaron descanso. Su respuesta fue categórica. Timor aceptaría retirarse, cuando tres cuartas partes del Consejo Real en plenitud votasen en dicho sentido.
            Los complotados, desilusionados por no poder disponer de votos ficticios, desistieron con el asunto. Aunque tuvieron un golpe de suerte. Luego de saber que su semejante romano había propuesto senador a su caballo personal, Timor dejó de certificar nombramientos. Abatido por la noticia, se concentró en su vieja obsesión. Convocó al Visir de Oropel —que para ese entonces era Protector del Fuego, Gobernador de las provincias insulares, Supervisor de Obras Públicas y Gran Cocinero Real— y le preguntó:
            — ¿Cómo logro yo, Timor de Cartago, ser temido?
            —Majestad, para lograrlo, usted debería ser más glorioso que Baal.
            Timor comprendió que no debía ser más glorioso que su par romano sino que debía ser más que su propio dios. No lograba descifrar cómo podría superar a Baal: su coronación fue en honor a Baal, su título real completo era “Rey de Cartago, Leal servidor del África y Caballero de la Casa de Baal”. Timor poseía un solo palacio, mientras que su enemigo concentraba su poder en setenta templos y altares esparcidos por toda la ciudad. Su sometimiento al dios era rotundo.
            Pasó semanas elaborando planes para vencerlo. El último de ellos fue la firma de un decreto según el cual Baal le obsequiaba el don de la lluvia al monarca. Su corte aceptó la propuesta y sus escribas confeccionaron el documento. Nadie le dio importancia; Baal se opondría al pedido del mortal. Pero el pirata fue más astuto, al pie del decreto agregó el siguiente párrafo:
            "…considérese conferido en forma definitiva hasta tanto Baal —en forma personal—  no se pronuncie en contrario, revocando este documento. Dispénsese a Baal de signar, bástese con su sublime silencio.”
            Timor, el rey pirata que Baal le confirió la lluvia, fue odiado por su pueblo después de la mayor sequía que se recuerde. Escapó hacia el séptimo continente. Murió en alta mar después de una tormenta. Sus últimas palabras fueron:
            — ¿En qué ayer, en qué patios de Cartago caerá también esta lluvia?

sábado, 16 de octubre de 2010

¿Quién mató a Rosendo? - Rodolfo Walsh

miércoles, 13 de octubre de 2010

El aleph - Jorge Luis Borges

lunes, 11 de octubre de 2010

Operación Masacre - Rodolfo Walsh

jueves, 7 de octubre de 2010

Así hablaba Zaratrustra - Friedrich Nietzsche