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lunes, 9 de agosto de 2010

La voz de la montaña blanca

Vuelvo al Mauna Kea otra vez, a ese lugar común que jamás abandoné. Quiero narrar aquí, mientras el tiempo no juegue conmigo a las escondidas, otra de mis anécdotas por el séptimo continente. Monumental viaje que emprendí en fecha incierta sin sentir realmente haberlo concluido. Recuerdo que pasadas dos semanas, arribamos Jesús, Siddattha, Muhammed, el maestro Kong y yo a un pequeño pueblo asentado sobre la ladera de la Cordillera Noroccidental a unas diez mil cabezas por encima del nivel de marea en época tradicional.
La noche quería envolvernos mientras nosotros no nos poníamos de acuerdo en el rumbo a seguir. Kong prefería descansar recostado en una roca y meditar con la contemplación del paisaje en sus hombros. No me hizo caso cuando le pedí que me ayudara a buscar comida, no la iluminación, ya que la primera empezaba a ser escasa. 
Paciencia soltaba mientras se agarraba la cabeza la paz interior es un alimento superior que cualquiera de los que guarda tu imaginación. Yo callé, no quería arruinar su armonía.
Lo próximo en pensar, fue recurrir a Siddartha. Se había alejado unos seis, siete, ocho metros hacia un risco en donde estaba estático un sarrio imperial. Si bien siempre tuvo inclinación a sensibilizarse con la naturaleza, parecía conectado al animal quien lo observaba fijo y éste, hipnotizado, le devolvía la mirada. Cualquier cosa que le dijese, no la escucharía pues sus oídos estaban arrojados hacia el curioso animal. Estuve en lo cierto, se quedó observándolo por nueve minutos que seguramente los sintió interminables.
Muhammed parecía abatido. Había perdido gran parte de la energía con la que comenzó el viaje. Juzgué por su rostro de desconcierto que estábamos perdidos. Si él no sabía cómo seguir, nosotros menos. Así que opté por no molestarlo en absoluto. Jesús creyó lo contrario porque trató con chistes y canciones de hacerlo sonreír sin conseguir nada. Empezaron una discusión causada por la temperamental e intempestiva forma que tiene Muhammed en contestar. Jesús no entró en la trampa manteniéndose en la línea para conciliar la situación. Al final, logró su objetivo: Muhammed se olvidó del mapa y del camino. 
Terminaron hermanados cantando una de los Beatles. Yo accedí a hacerles la cortina musical con las palmas pero no podía desconocer que continuaba con hambre. Mi mente se hundía junto a mi estómago en un lamento interesante cuando Siddattha, corriendo alocadamente, nos interrumpió la canción para decir que al costado del lugar donde estaba el sarrio había un pueblo y seguro tendríamos comida y camas para los cinco. Nos preguntamos los mecanismos de cómo llegó a semejante razonamiento aunque sólo nos susurró que era cuestión de fe. Jesús y Muhammed asintieron. El maestro Kong no escuchó pero afirmo que lo hubiera hecho también. Yo no asentí, mas tampoco me opuse, eran mayoría.
No lo podía creer. En efecto, el poblado estaba allí mismo al costado del sarrio. Su nombre era Mauna Kea, los nativos nos dijeron que significaba “montaña blanca” y que el sarrio que Siddartha encontró era su guardián. Misteriosamente, nos llamó la atención que todos hablaban el mismo idioma que nosotros. El líder tribal nos indicó que éramos bienvenidos ya que el hechicero presagió nuestra llegada —cinco peregrinos los visitarían cuando los días se acercasen al solsticio de invierno. Organizó un banquete y en determinado momento de la noche, se pusieron a corear para animar la fiesta aunque ninguno de los cinco entendió una palabra, cantaban en un idioma indescifrable.
Quisimos saber qué cantaban y por qué lo hacían en otro lenguaje.
—Hombres necios, nosotros los maunakeanos tampoco sabemos qué cantamos. Inventamos un idioma para los cánticos cuyas palabras no tienen significado concreto —sentenció el jefe—. Cada uno le imprime el significado que desea porque es la única forma que encontramos para no aburrirnos de las letras musicales y que éstas perduren por siempre.
—Sirven para cuando uno está triste, cuando uno necesita consuelo, alegría, paz, fuerza y encima van con todo tipo de ritmos —concluyó con un guiño.
Luego prosiguió relatándonos que los maunakeanos dominaban todas las lenguas del mundo pero que ninguna los había esclavizado. Estábamos en presencia del único pueblo que concientemente se inventó una lengua. Comprendimos, también que se podía ser libre del lenguaje y vivir para festejarlo.

6 comentarios:

Chano dijo...

Ahora ya estas en los favoritos de mi blog. :)

Edgardo G. dijo...

¡Qué elección de personajes, eh! Me gustó mucho... Saludos :)

Anónimo dijo...

me dio mucha paja leerlo, es muy largo. ja. que alguien me cuente de que trata, besos echoperpetuo.
para la gente qeu comenta, y tiene que verificar palabra, no piensan que estas palabras a verificar contienen mensajes subliminales.

Un tal Patricio dijo...

Cuando alguien no quiere leer algo por su extensión siempre pienso si será también recíproco.

Quizás los textos tampoco quieran ser leídos por alguien "muy corto".
Saludos.

L dijo...

Lorenzo es mi nombre y si me conoceras jajajaja, recordaba esta historia un tanto mas larga, me equivoco?

Un tal Patricio dijo...

Sí che, te equivocás. La historia siempre tuvo la misma extensión.

No culpes a la historia, ¿será que no me amas? (?)