QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

domingo, 29 de agosto de 2010

Madame Bovary - Gustave Flaubert

sábado, 21 de agosto de 2010

Fenomenología del Espíritu - G. W. F. Hegel

lunes, 9 de agosto de 2010

La voz de la montaña blanca

Vuelvo al Mauna Kea otra vez, a ese lugar común que jamás abandoné. Quiero narrar aquí, mientras el tiempo no juegue conmigo a las escondidas, otra de mis anécdotas por el séptimo continente. Monumental viaje que emprendí en fecha incierta sin sentir realmente haberlo concluido. Recuerdo que pasadas dos semanas, arribamos Jesús, Siddattha, Muhammed, el maestro Kong y yo a un pequeño pueblo asentado sobre la ladera de la Cordillera Noroccidental a unas diez mil cabezas por encima del nivel de marea en época tradicional.
La noche quería envolvernos mientras nosotros no nos poníamos de acuerdo en el rumbo a seguir. Kong prefería descansar recostado en una roca y meditar con la contemplación del paisaje en sus hombros. No me hizo caso cuando le pedí que me ayudara a buscar comida, no la iluminación, ya que la primera empezaba a ser escasa. 
Paciencia soltaba mientras se agarraba la cabeza la paz interior es un alimento superior que cualquiera de los que guarda tu imaginación. Yo callé, no quería arruinar su armonía.
Lo próximo en pensar, fue recurrir a Siddartha. Se había alejado unos seis, siete, ocho metros hacia un risco en donde estaba estático un sarrio imperial. Si bien siempre tuvo inclinación a sensibilizarse con la naturaleza, parecía conectado al animal quien lo observaba fijo y éste, hipnotizado, le devolvía la mirada. Cualquier cosa que le dijese, no la escucharía pues sus oídos estaban arrojados hacia el curioso animal. Estuve en lo cierto, se quedó observándolo por nueve minutos que seguramente los sintió interminables.
Muhammed parecía abatido. Había perdido gran parte de la energía con la que comenzó el viaje. Juzgué por su rostro de desconcierto que estábamos perdidos. Si él no sabía cómo seguir, nosotros menos. Así que opté por no molestarlo en absoluto. Jesús creyó lo contrario porque trató con chistes y canciones de hacerlo sonreír sin conseguir nada. Empezaron una discusión causada por la temperamental e intempestiva forma que tiene Muhammed en contestar. Jesús no entró en la trampa manteniéndose en la línea para conciliar la situación. Al final, logró su objetivo: Muhammed se olvidó del mapa y del camino. 
Terminaron hermanados cantando una de los Beatles. Yo accedí a hacerles la cortina musical con las palmas pero no podía desconocer que continuaba con hambre. Mi mente se hundía junto a mi estómago en un lamento interesante cuando Siddattha, corriendo alocadamente, nos interrumpió la canción para decir que al costado del lugar donde estaba el sarrio había un pueblo y seguro tendríamos comida y camas para los cinco. Nos preguntamos los mecanismos de cómo llegó a semejante razonamiento aunque sólo nos susurró que era cuestión de fe. Jesús y Muhammed asintieron. El maestro Kong no escuchó pero afirmo que lo hubiera hecho también. Yo no asentí, mas tampoco me opuse, eran mayoría.
No lo podía creer. En efecto, el poblado estaba allí mismo al costado del sarrio. Su nombre era Mauna Kea, los nativos nos dijeron que significaba “montaña blanca” y que el sarrio que Siddartha encontró era su guardián. Misteriosamente, nos llamó la atención que todos hablaban el mismo idioma que nosotros. El líder tribal nos indicó que éramos bienvenidos ya que el hechicero presagió nuestra llegada —cinco peregrinos los visitarían cuando los días se acercasen al solsticio de invierno. Organizó un banquete y en determinado momento de la noche, se pusieron a corear para animar la fiesta aunque ninguno de los cinco entendió una palabra, cantaban en un idioma indescifrable.
Quisimos saber qué cantaban y por qué lo hacían en otro lenguaje.
—Hombres necios, nosotros los maunakeanos tampoco sabemos qué cantamos. Inventamos un idioma para los cánticos cuyas palabras no tienen significado concreto —sentenció el jefe—. Cada uno le imprime el significado que desea porque es la única forma que encontramos para no aburrirnos de las letras musicales y que éstas perduren por siempre.
—Sirven para cuando uno está triste, cuando uno necesita consuelo, alegría, paz, fuerza y encima van con todo tipo de ritmos —concluyó con un guiño.
Luego prosiguió relatándonos que los maunakeanos dominaban todas las lenguas del mundo pero que ninguna los había esclavizado. Estábamos en presencia del único pueblo que concientemente se inventó una lengua. Comprendimos, también que se podía ser libre del lenguaje y vivir para festejarlo.

sábado, 7 de agosto de 2010

Chacarera del 55 - Mercedes Sosa