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domingo, 9 de mayo de 2010

¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte?


Retomo Viamonte hacia el Bajo. Es domingo, moribundo, velorio en la calle. Mis pasos emiten ese no sé qué particular, como si pisase huevos descalzo. Enumero las baldosas hasta llegar al doscientos y —por no confiar en mi poder de retención— continúo desde el cero. En un principio era una maña para distraer a mis pensamientos; con el tiempo se volvió habitual y yo me convertí en experto.
Después de repetirlo por enésima vez, detenido en la número cuarenta y cuatro, levanto la cabeza. Se lo ve apoyado sobre la persiana metálica, tienda de electrónica de segunda mano, allá lejos a tan sólo dos cuadras exactas de mí. Guantes tejidos y bufanda de autor, cigarrillo en boca y mocasines hecho para pies de un número más chico, quizás dos. No usa pañuelo para estornudar ni anteojos negros para esconder su malestar.
Los domingos se lleva un banquito viejo y una armónica muda. Nunca sabré si es por su voz, demasiada débil o porque el pobre objeto perdió su utilidad. Música no hay mas sopla y sopla el ciego de Viamonte cual lobo feroz a los chanchitos. No desea derrumbar casas ni construir maravillas. No presume vanidad ni emana orgullo. Sin embargo, tiene los ojos más hermosos que un ser humano pudiera tener. 
Ese color claro, bellísimo por no ser marrón ni negro ni común. Son, calamidad mediante; esferas inertes, prisioneras a perpetuidad de un crimen que no cometieron. Un ciego con ojos de oro, qué contrariedad. Los ojos muertos devienen en ciego, no en persona, en ciego. Rótulo para el supermercado de la vida, para el circo de vanidades vacías.
¿Quién es tan injusto de darnos ojos bellos para no poder ver? ¿Cuán bellas son las cosas antes y cuán bellas son las cosas después de no tener función alguna? ¿Cuántas bellezas nunca percibo que por sólo quedarme con lo superficial no les doy la merecida importancia? ¿Hasta dónde importa la claridad de color en los ojos? ¿Cotizan igual cuando todo se derrumba, se menosprecia y a pesar de ser claros sólo reflejen la peor oscuridad? ¿Se aplica esta regla a las personas? ¿Me deslumbro por seres luminosos en hipocresía y apariencia o por el contrario, me irradio de luz genuina, no tan extraordinaria, pero sí muy reconfortante?
¡No! Antes yo catalogaba a ese hombre por aquel color deslumbrante pero aprendí a ver a través de esos ojos. Son de oro por su esencia y si sus ojos lo convertirán en ciego, él los convierte en telescopios.
Porque al verlo, me veo a mí mismo. No es un espejo de nada pero es un reflejo de todo. Clavo mi vista en su vista aunque él no lo sepa. Mirándolo aprendo a deleitarme por las cosas verdaderas, no por trivialidades o coloridas novedades alocadas. Junto a él en Viamonte, los domingos, yo apago mi televisión diaria, mi noticiero eterno. Cuando me acerco, dejo de escuchar los huevos rotos  de mis pasos y sin hablarle lo saludo con mi mano. Él no se detiene de soplar mientras sonríe. No me cabe duda, es su forma de darme la bienvenida.
¿Qué pasa cuando el circo no nos quiere y nos desecha? ¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte cuando no tengamos utilidad? ¿La ceguera trae al hombre hasta allí? ¿Y la armónica? No lo sé. No puedo hablar por todos; aunque hoy, aquí, el ciego viene para ser oído y no dudo que seguirá viniendo a Viamonte los domingos. Se ubicará con su banquito delante de la cortina de metal y yo, público amateur que no entiende de conciertos; me haré una, dos, tres, infinitas posibles escapadas para observar su espectáculo. 
Sucede que en Viamonte, los domingos y después de contar dos mil cuarenta y cuatro baldosas en grupos de a doscientas, yo olvido mis miserias, endulzado con la más maravillosa música que me puede dar la vida. Él deja su ceguera, se monta en la fantasía y nos alucina como el flautista de Hamelin.  

6 comentarios:

Un tal Patricio dijo...

Hace tiempo que no sentía lo que era dar en la tecla justa.

Joe dijo...

Me encantó... me gusta como escribís.
No hace mucho que me encontré con tu blog y ya me lo leí todo...

Agustín dijo...

El problema no es a qué calle vamos a ir todos a soplar cuando ya ni el viento nos quiera soplar a nosotros, sino qué va a pasar cuando se acaben las baldosas.

Un tal Patricio dijo...

Agustín: Me encantó tu reflexión. ¡Cómo me hizo trabajar la cabeza!

Un beso!

Un tal Patricio dijo...

Joe: ¡Qué rapidez para leer! Jajaja me alegra. Saludos.

Anna dijo...

Me gusta como escribes, está muy bien =) Ya te sigo! jaja visita mi blog =)