QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

sábado, 29 de mayo de 2010

La muerte de Iván Ilich - León Tolstoi

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los condenados de la tierra - Frantz Fanon


Hoy, haré un cambio.

No es por hacerme eco de aquellas voces que me han planteado varias veces por qué subo los títulos de los libros que leo sin agregarles nada. Jamás opté por dar la lógica explicación. No me interesa aclarar tantos con gente maliciosa que pretende ver una soberbia de la que carezco y que además me incomodaría mucho poseer. Vean que hace tiempo, no subo hechos en cascada sólo por escribir sobre mí. Dejé las reflexiones propias sobre cosas estrictamente personales porque esos tópicos no le importan a nadie. Resulta gracioso pensar que estas voces no me hayan tildado de soberbia cuando escribía mis pelotudas reflexiones; quizás les gustaban por tienen una curiosidad estúpida que les impide vivir sus propias vidas.
Yo valoro mis palabras por lo que no escribo nada que previamente no haya pasado una pregunta de rigor: ¿Vale la pena trasmitir esto a los demás? Preguntármelo, es signo de que valoro a los demás. Y los libros los pongo como quien escribe en papelitos cosas que atesora y desea llenar toda una pared. No es vanidad, es simplemente un mensaje, a mi mismo, entrelíenas: Uno es lo que lee. Patricio, no lo olvides.


Lo que quería decir hoy es que, este libro de Fanon, llegó justo para esta época conmemorativa y de festejos que me hizo pensar mucho sobre esa África colonial del siglo XX y nuestra Latinoamérica del siglo XXI. Me vuelvo a lo mundano con un dolor de pies, con horas dando vueltas por la Nueve de Julio, con la emoción que me produjo escuchar a Estela de Carlotto entrevistada por Víctor Hugo, con la sonrisa de ver esos otros actos de la izquierda más dura sobre la plaza Lorea, con el cántico de la militancia escoltando los pasos de Chávez, de Evo, y de toda la comparsa, con un debate interesante sobre subdesarrollo en la carpa montada por el Partido Obrero, con siete libros nuevos comprados en la Avenida Corrientes, con el disfrute del Tercer Festival sobre Diversidad Sexual y de Género en ese fantástico cine como es el Gaumont, con un saludo de Randazzo, con el asombro por la proyección sobre el Cabildo —que fue para mí lo mejor de lo mejor— y con lágrimas y respeto por los cuadros de Malvinas y de las Madres de Plaza de Mayo. 
Continuaré mis caminatas por Avenida de Mayo, la Plaza y el Congreso los sábados y domingos cuando no hay casi nadie; con la postal fulminante de estar en esos lugares junto a otro tantos millones de personas aquella jornada en que se festejó el Bicentenario y del que no fui ajeno.
Recordé una frase que me dije el veinticuatro de Marzo: Hoy otra vez, me doy cuenta que la Historia se enseña en la calle.

miércoles, 12 de mayo de 2010

El lado de la sombra - Adolfo Bioy Casares

martes, 11 de mayo de 2010

Una muñeca rusa - Adolfo Bioy Casares

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte?


Retomo Viamonte hacia el Bajo. Es domingo, moribundo, velorio en la calle. Mis pasos emiten ese no sé qué particular, como si pisase huevos descalzo. Enumero las baldosas hasta llegar al doscientos y —por no confiar en mi poder de retención— continúo desde el cero. En un principio era una maña para distraer a mis pensamientos; con el tiempo se volvió habitual y yo me convertí en experto.
Después de repetirlo por enésima vez, detenido en la número cuarenta y cuatro, levanto la cabeza. Se lo ve apoyado sobre la persiana metálica, tienda de electrónica de segunda mano, allá lejos a tan sólo dos cuadras exactas de mí. Guantes tejidos y bufanda de autor, cigarrillo en boca y mocasines hecho para pies de un número más chico, quizás dos. No usa pañuelo para estornudar ni anteojos negros para esconder su malestar.
Los domingos se lleva un banquito viejo y una armónica muda. Nunca sabré si es por su voz, demasiada débil o porque el pobre objeto perdió su utilidad. Música no hay mas sopla y sopla el ciego de Viamonte cual lobo feroz a los chanchitos. No desea derrumbar casas ni construir maravillas. No presume vanidad ni emana orgullo. Sin embargo, tiene los ojos más hermosos que un ser humano pudiera tener. 
Ese color claro, bellísimo por no ser marrón ni negro ni común. Son, calamidad mediante; esferas inertes, prisioneras a perpetuidad de un crimen que no cometieron. Un ciego con ojos de oro, qué contrariedad. Los ojos muertos devienen en ciego, no en persona, en ciego. Rótulo para el supermercado de la vida, para el circo de vanidades vacías.
¿Quién es tan injusto de darnos ojos bellos para no poder ver? ¿Cuán bellas son las cosas antes y cuán bellas son las cosas después de no tener función alguna? ¿Cuántas bellezas nunca percibo que por sólo quedarme con lo superficial no les doy la merecida importancia? ¿Hasta dónde importa la claridad de color en los ojos? ¿Cotizan igual cuando todo se derrumba, se menosprecia y a pesar de ser claros sólo reflejen la peor oscuridad? ¿Se aplica esta regla a las personas? ¿Me deslumbro por seres luminosos en hipocresía y apariencia o por el contrario, me irradio de luz genuina, no tan extraordinaria, pero sí muy reconfortante?
¡No! Antes yo catalogaba a ese hombre por aquel color deslumbrante pero aprendí a ver a través de esos ojos. Son de oro por su esencia y si sus ojos lo convertirán en ciego, él los convierte en telescopios.
Porque al verlo, me veo a mí mismo. No es un espejo de nada pero es un reflejo de todo. Clavo mi vista en su vista aunque él no lo sepa. Mirándolo aprendo a deleitarme por las cosas verdaderas, no por trivialidades o coloridas novedades alocadas. Junto a él en Viamonte, los domingos, yo apago mi televisión diaria, mi noticiero eterno. Cuando me acerco, dejo de escuchar los huevos rotos  de mis pasos y sin hablarle lo saludo con mi mano. Él no se detiene de soplar mientras sonríe. No me cabe duda, es su forma de darme la bienvenida.
¿Qué pasa cuando el circo no nos quiere y nos desecha? ¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte cuando no tengamos utilidad? ¿La ceguera trae al hombre hasta allí? ¿Y la armónica? No lo sé. No puedo hablar por todos; aunque hoy, aquí, el ciego viene para ser oído y no dudo que seguirá viniendo a Viamonte los domingos. Se ubicará con su banquito delante de la cortina de metal y yo, público amateur que no entiende de conciertos; me haré una, dos, tres, infinitas posibles escapadas para observar su espectáculo. 
Sucede que en Viamonte, los domingos y después de contar dos mil cuarenta y cuatro baldosas en grupos de a doscientas, yo olvido mis miserias, endulzado con la más maravillosa música que me puede dar la vida. Él deja su ceguera, se monta en la fantasía y nos alucina como el flautista de Hamelin.  

domingo, 2 de mayo de 2010

Felipe Varela contra el Imperio Británico - Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde