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miércoles, 10 de marzo de 2010

Nuevo negocio


Inaugurado hace unos meses. Barrio de  bien, esquina de bien, incluso el puesto de diarios de bien; todo a la redonda es de categoría, de distinción, de gente como uno. En estas esquinas —les explico a los que no tienen la dicha de vivir en lugares así, pobrecitos ellos— se huele la sencillez de la cultura y se camina con los tacos altos de la honradez. Nuestro negocio —llamado “Cultura Libros”, no por casualidad— fue abrir una librería en el medio de la intelectualidad.
Barnizado el piso, diagramadas amplias salas de lectura, erigidas estanterías hasta donde fue posible. Los libros, nuestros libros tenían que llegar al techo. Imponencia y elegancia siempre. La comodidad al servicio de la literatura.
Mis clientes son sublimes. No son lectores, no para qué, eso ya está obsoleto. Ellos son clientes. Porque un cliente no lee: no lee las fechas de vencimiento, no lee la información nutricional, no lee los porcentajes de los materiales usados en la confección, no lee las recomendaciones del distribuidor, no lee las garantías ni tampoco lee los manuales de uso. Era predecible qué montados en esta vorágine, los compradores de libros tampoco lean lo que compran.
Escuchen.
—Yo no leo mucho, compro mucho. Por ejemplo, el último que leí, lo escribió ese portugués que ganó el Nobel. No me sale el nombre. —confesó sin pudor.
La vendedora sí sabía pero no sabía.
—Ah sí. Sabés que a mí tampoco me sale.
—No importa, lo que te decía era que ese libro me pareció un embole pero yo tengo una regla de oro —murmuró solemne el cliente—. Libro que empiezo lo termino. A pesar de que me resulte un bodrio como el del portugués.
—Sí, a mí me pasa lo mismo.
—El del portugués no lo terminé pero es pesadísimo. Habla de vidas de mierda, una después de la otra. Para vidas de mierda está la mía, no necesito que un tipo cualquiera me lo diga.
—Tal cual —dijo la vendedora con una sonrisita tonta.
—Por eso me compro este libro chiquito para intercalarlo con el bodrio aquel.
El ayudante de la cajera no se quiso quedar atrás. Comentó un par de frases sin mucha trascendencia por lo que ambos no le dieron importancia a su intervención. Mientras la vendedora cargaba en el sistema la compra, el hombre extraía una tarjeta dorada que brillaba como el sol a pesar de estar nublado.
—¿Alguno de todos éstos son para regalo, señor? —preguntó el ayudante.
—Sí, este y el grandote de allá.
Los dos libros fueron envueltos en un papel celeste y se le adhirió un moño gris a cada uno. El resto fue embolsado sin más. Estaban los ocho libros dentro de la bolsa cuando le avisaron que le cobrarían sólo siete.
—Qué honor, qué delicadeza, encantador lugar.
Guardó su tarjeta dorada, se despidió muy cordialmente, caminó los pasos suficientes para llegar hasta su camioneta y para perderse de la vista de los demás.
Dios los crió y les dio platita. Ellos… no leen sino que compran.

3 comentarios:

gabriel_cej@hotmail.com dijo...

muuuy buena descripcion. me gusta como escribis

Un tal Patricio dijo...

Se agradece.
Un beso grande.

CAMILA dijo...

Esto que leo que hace sonreír, eso es bueno para mi, para mis noches.
Te saludo.

http://lalenguanotienecolor.blogspot.com/