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miércoles, 24 de febrero de 2010

El extranjero - Albert Camus

viernes, 19 de febrero de 2010

Diario de la guerra del cerdo - Adolfo Bioy Casares

viernes, 12 de febrero de 2010

El fuego de Funes


Una ruta. Un periodista. El resto se lo dejo a los rumores. Las habladurías son lapidarias cuando el tema es la ruta nacional once. Noche silenciosa, fuego embravecido y autos que se convierten en ataúdes.
           Después de que el miedo se esparció como el fuego entre la pólvora gris, nadie se volvió a atreverse a  transitar por aquella ruta. La gente del lugar advierte de una maldición peligrosa. Los que creen —y no revientan de ingenuos— sostienen que a mitad de la noche, bajo el cielo estrellado, los conductores empiezan a divisar a lo lejos, fuego, y cuanto más se acelera intentando esquivarlo, más invade y más come. Todo el paisaje se llena de llamas y los automóviles se precipitan al horrible final. Las muertes se cuentan por decenas, niños, mujeres, ancianos, grupos numerosos y solitarios: el “fuego de Funes” no hace excepción.
            Lo peculiar de los relatos es que la mayor cantidad de muertes se aglutina cerca de la localidad de Funes, en su tramo por el interior de la llanura en dirección a las grandes urbes. El paso del descrédito hizo que los pobladores y chacareros se alejaran de allí y vendieran todo. Los que compraron, jamás quisieron habitar esos parajes y quienes no pudieron venderlos, dejaron los terrenos a la suerte.
            En Funes ya no se habla del asunto. Prefieren silenciar todo y que cada cual haga con su vida lo que desea. No tienen interés en salir por la televisión ni en las páginas de los obituarios menos aun en la sección policial.
            Andrés Pereyra es de Mar del Plata, trabaja en una radio local pequeña ,dedicada a los chismes y a los escándalos de poca trascendencia. El manejador de la emisora, en miras a aumentar la fama de su empresa, lo manda al lugar. Andrés es valiente, tenaz y perseverante. Sin chistar ni contradecir a su jefe. se lanza espectacularmente a la aventura, al rumor paranormal, a los misterios de la noche y al “fuego de Funes”.
            El día que elige viajar es un jueves siete a la madrugada. El sol se ha escondido y una débil luz de luna le ilumina el parabrisas. Entretiene su vista con la señalización rutera, dispersa por la línea de asfalto infinita y poderosa. Su automóvil, un Fiat modelo modesto de color verde esmeralda está lleno de basura: de cuadernos de notas, cámaras viejas y rollos de película fotográfica sin estrenar.
            Sesenta y siete kilómetros por hora. Cruza la localidad de Funes, distingue el lúgubre cartel de bienvenida al pueblo que lo saluda dormido. Persianas bajas y calles desiertas. No hay luz, no hay nada. Se detiene en una estación de servicio donde un viejo zorro demacrado, barbudo y cansino lo interroga indiferente. Le pregunta hacia dónde va Andrés, por qué maneja por allí y cuál es el motor de esa necesidad nata de querer averiguar lo que no se debe averiguar. El viejo se despide de nuestro periodista pero dándose un tiempo para advertirle del peligro que corre, su deseo de qué desista y qué de persistir, escuchara al fuego y frenase.
            Ochenta y seis kilómetros por hora. Andrés sale de Funes con el tanque lleno. No debe esperar mucho tiempo, entre la cortina negra en que se ha convertido la noche en los campos, comienza a aparecer una lucecita tímida incolora, insípida y minusválida. El silencio es cortado por el motor del Fiat y por los crujidos de la caja de cambios.
            Noventa y ocho kilómetros por hora. Sin otros autos que le hagan compañía, Andrés no se deja conmover por la inquietante lucecita. Relativiza el tema y aprieta el acelerador. A medida que la velocidad asciende vertiginosamente, y para su horrible sorpresa, presencia como un espectador que no logra salir de shock la tenue luz que se hace más grande. No sólo es un punto en el horizonte, no es la única. Varios, muchos, decenas de puntos brotan de la tierra seca a lo lejos, en la inmensidad de los pastizales.
            Ciento tres kilómetros por hora. Andrés mueve su cabeza y no puede evitar sobresaltarse al ver que los puntos lo han invadido todo. En los costados y atrás del Fiat, la noche es cortada de cuajo por las esferas lumconvierten en llinosas que no respetan una silueta. Las luces se ensanchan en tímidos incendios aislados. Luego, el fuego vivo destroza la maleza seca, las casas y las señales del camino. Aumenta en intensidad y Andrés se desespera. La noche ya no existe, el “fuego de Funes” ha iluminado su cara, su auto, sus cámaras viejas, su cuaderno de notas, el paisaje e incluso la raya fina del horizonte infinito.
            Ciento nueve kilómetros por hora. Sus ojos no pueden creerlo, ellos son testigos de un infierno voraz que se acerca a la ruta, al auto y a Andrés sin el menor remordimiento. Las llamas no son normales y su color enloquece más a Andrés. No tienen el color del fuego: no son rojas, ni amarillas tampoco azules como un incendio de gas. Son verdes. Llamas verdes se acercan a su Fiat, pero lo que Andrés se da cuenta que no es un verde común. Es un verdoso rabioso que ya ha visto muchas veces. Es un verde esmeralda igual, igual al de su diminuto automóvil. Otra cosa que atormenta a Andrés en que delante de su vehículo no hay nada. Las llamas devoran cualquier cosa en los costados y atrás pero adelante del parabrisas sólo hay oscuridad, densa, pesada como una selva infranqueable.
            Diez kilómetros por hora. Andrés desesperado y con lágrimas en sus ojos sólo piensa en frenar. Clava el pie en el pedal y el Fiat pierde velocidad. El fuego está a su alrededor por no quema. Es un fuego verde esmeralda que no quema si se lo toca. No da calor tampoco: no existe. El “fuego de Funes” es una ilusión, piensa respirando profundamente. Baja la velocidad a la mínima expresión. El juguete de acero verde se detiene en medio de la nada. Andrés cierra los ojos y se entrega al Destino. Los abre y el fuego desaparece. No hay bolas de fuego infernales que lo invadan, no hay cientos de luces ni tampoco hay pequeñas lucecitas diminutas.
            Setenta y tres kilómetros por hora. Andrés confiado retoma la marcha. Busca causas y justificaciones en su cansancio o en un simple engaño tonto que le hizo la mente o la vista o ambos en simultáneo.
            Ciento catorce kilómetros por hora. El fuego vuelve a aparecer. Pero Andrés lleno de valentía ciega e infinita sordera, no le hace caso. Se da tiempo para sacar las manos y tocar las llamas verdes que están por todos lados. Una vez sí, dos no. Esta vez su mano siente, al tocar el fuego como si tocara una lija oxidada. El “fuego de Funes” raspa la piel de Andrés como si fuera una lija corrosiva. Su carne se raya y una molestia que no llega a ser dolor lo ataca por todo el cuerpo.
            Ciento veintitrés kilómetros por hora. Andrés observa un túnel. Allí el fuego se extinguirá. Ríe amargamente y decidido a vencer entra en el túnel. La luz del Fiat se desvanece dentro del túnel junto con la risa del periodista. Silencio total.
            De golpe, unos ruidos. Golpes, ramas cortadas y una explosión.
Al día siguiente unos baqueanos encuentran un Fiat verde esmeralda, boca abajo, descarrilado de la banquina a metros de la entrada del próximo poblado a Funes. Después del túnel, hay sólo dos kilómetros de aquel pueblo: un detalle, luego del túnel una curva muy cerrada es tan mortal que si no se avanza despacio es imposible no salir de la ruta. Parece un accidente pero los baqueanos —quienes lo saben muy biengritan al viento que el “fuego de Funes” fue el culpable. Todo hace indicar que las llamas malditas acabaron con su vida.
El auto de Andrés fue encontrado vacío, con algunas pequeñas abolladuras, carcomido por el óxido, con la pintura reseca y sin neumáticos, parabrisas ni motor. Tenía el aspecto de haber estado allí abandonado por más de cuarenta años. Andrés, por su parte, como las demás víctimas jamás apareció y su cadáver tampoco.

Cañada de Funes, Provincia de Buenos Aires, 1994.    
Dejemos hablar al viento - Juan Carlos Onetti
Dos veces Junio - Martín Kohan
1984 - George Orwell