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viernes, 8 de enero de 2010

Mi quimera


Me miró, lo miré y me asqueó. Parejito y al unísono, sentí un compendio impresionable de terribles sensaciones. Mis ojos, buitres en el aire, vagabundearon por sus facciones. Observé su sonrisa zonza. Era una línea escuálida marcada por bolígrafo colorado que se asomaba bajo su nariz y alrededor de sus despreciables pómulos.
—Así sonríen los perdedores —pensé.
No podía esquivar esa torpe y servil sonrisa mientras me pregunté entusiasmado qué hecho podía hacer sonreír a un miserable de su calaña. Los perdedores sólo pueden congraciarse de su propio fracaso. La ausencia de éxito fuese quizás —sin poderlo comprender—, la causa de esa expresión que se dibujaba en su rostro. Intimidación, podría ser también. Pronto, deseché esa posibilidad. Ese tonto insulso no podía intimidar ni a su propia sombra un día soleado, menos a alguien como yo. Aunque si tengo aquí tiempo para hablarles, no desearía describirme —aburriéndolos y apabullándolos— sino mostrarles las justificaciones que se escondían detrás de mis emociones hacia esa persona.
Su sonrisa, muestra insolente de desprecio hacia lo bueno, lo verdadero y lo virtuoso que yo representaba para él, me volvía loco. Opté sensatamente en no prestarle más atención y decidí no pensar en nada. Ingenuo fui y al instante en su nariz, deposité mi vista. Montaña de contradicciones, se erguía sobre su rostro como un paladín de las más amargas zonceras. Estaba ante la nariz del perdedor por antonomasia. Ese paradigma de fracaso que respiraba atolondrado como si el aire se le fuese a agotar en cualquier segundo. Su respirar era más molesto que su propia sonrisa porque no sólo era desagradable a la vista sino que a mis oídos les producía una tortura interminable.
¡Ni sonarse los mocos, debe saber este idiota. —murmuré entre dientes. Así respiran los arruinados no hay duda.
Sólo él podía emitir ese sonido tan incómodo y fastidioso, me lo hacía a propósito para que perdiera el juicio y la sensatez. Pobre idiota que ni aprendió a inhalar el aire con propiedad. Ni se me ocurre detenerme en analizar su comportamiento, ya que sería una tontería absoluta de mi parte y pecaría nuevamente de ingenuo. Sus ideas retorcidas, plasmadas en un papel no eran más que líneas negras garabateadas en forma burda por las manos infantiles de un inmaduro ser que se cree importante.
—Y tus manos, ¡Dios Santo! —solté mirándolas de reojo.
Arquetipos de un cuerpo fofo, nudillos enormes y uñas de estúpido. Ineptas para todo tipo de manualidad. Encima, me resultó un insulto a la razón que con ellas tuvieras el tupé de hacer boberías y sandeces sin utilidad alguna. Es una de las cosas más absurdas del mundo fabricar objetos por la sencilla y falaz satisfacción de verlos terminados. El mundo que lo rodea se las aplaude porque saben lo miserable que es. Pero yo no pude hacer la vista gorda, me venció mi sinceridad. Tuve la necesidad de maldecirle cada uno de sus utensilios por sólo estar hechos a partir del producto de esas manos infectadas de frustración. Les recuerdo que yo nunca serví para mentir. Alguien —ese era yo— debía aparecer para abogar por el buen gusto y la perfección diciendo a los cinco continentes que tus abnegadas manos puestas al servicio de idioteces sólo generan objetos más idiotas todavía.

—No merecés tampoco cantar, ni componer letras musicales si para colmo no sabés darles ritmo alguno. Escribís pero no leés. Te vendés como informado y no salís de tu casa. Tenés amigos que no saben tu cumpleaños. Soñás demasiado pero no vivís nada. 
Debió ser condenado a morir callado, en silencio sin molestar a nadie ya que con tu sola presencia el mundo debe estar enojadísimo. Odié tu conformismo y odié ese impulso vacío que te moviliza a hacer cosas que la gente olvidará tan rápido que tu irritante parpadeo parecerá un siglo.

—Ese parpadeo… —dije mientras me mordía la lengua.
La desesperación se empezó a trepar por mi pierna como una salamanca buscando una madriguera en el árido desierto. Mientras más atención consumía mirando hipnotizado ese pestañeo —esa sucesión infinita de movimientos repetitivos—, más resentimiento me carcomía las entrañas.
Debo ser cauto y aclararles que hasta ahora sólo me limité a enumerar algunos menesteres, causantes antojadizos de mis emociones impulsivas. Lo peor me lo guardé para el final. Aunque no pude decidirme aún: o el pelo o la mirada. Tal vez, no era ninguno de los dos sino que la mezcla de ambos me generó una impresión nefasta, no me cabe duda. Porque su pelo apagado y grasiento característico de persona común, sin visión, sin futuro, sin identidad. No tenía tiempo el perdedor de limpiarlo, ni tampoco de darle estilo.
— ¡¿Qué estilo, si justo a alguien como él lo que le falta es estilo?!
Estilo, imagen, elegancia y mirada triunfadora, todo eso le hacía falta. Esos pequeños ojos achinados. Confianzudos de un mundo que seguro le da la espalda y se ríe tras sus pasos. Al mirarlos, veía una selva densa, oscura y horrible en la cual mi rechinar de dientes actuaba de tambor tribal perturbando mis más nobles ideas. Intenté ajusticiarlo, castigarlo o descargar mi verdad sobre su pusilánime rostro. Me contuve de escupirle y borrar de esa cara la sonrisa que permanecía estoica observándome débilmente.
            Mantuve la compostura hasta las últimas consecuencias, lo hubiera matado ahí mismo. Preferí dar media vuelta y me alejé de aquel espejo temeroso de su reflejo.