QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

viernes, 31 de diciembre de 2010

Perón. Formación, ascenso y caída (1893-1955) Tomo Uno - Norberto Galasso

lunes, 6 de diciembre de 2010

Otras inquisiciones - Jorge Luis Borges

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Las otras puertas y otros cuentos - Abelardo Castillo

lunes, 29 de noviembre de 2010

Las ideas, el afuera y la otra

        La autopista de las ideas es interesantísima. Primero, porque sino, no hablaríamos de ella. Segundo, vale mencionarla aunque me consuma unos gramos de instantes. Tercero, hubiera malgastado esos instantes, de todas formas. Y por último, porque estas palabras no son mis propias palabras —nadie tiene palabras—, son construcciones colectivas que según el conjunto que las diga, se vuelven más ricas y variadas o más pobres y viciadas.
        En la autovía no circulan automóviles sólo motores a fuerza de inventiva y traccionados por palabras. Variedad sobra: últimos modelos y también del 73’. La edad no deteriora ningún motor. El tiempo a las ideas las enquista, las hace resistentes o tercas o ambiguas o contradictorias. Las ideas son vehículos colmados de palabras retorcidas, apiladas como muralla. En algunos, las palabras se anudan telas de araña. O zigzaguean libres en armonía. O en desorden las palabras se chocan, erosionadas, colisionándose entre sí. Natural, las palabras cambian según sean pensadas o mejor dicho: el capricho de las palabras cambiará a cada sujetado. Y cada sujetado se diferenciará —o lo contrario— de sus prójimos a través del azar, del destino o por espanto.
        Existen dos manos: la Ida y la Otra. Siempre después de nombrar un primer axioma, el complemento del dúo es desechable y será lo otro. No hay vuelta en la autopista de las ideas, tampoco banquina ni señalización. Facilitada la descripción, resta aclarar que los conductores marchan sobre motores mentales pero no podría asegurar aquí —quizás por falta de pruebas— la ubicación hacia dónde se dirigen. Basta decir, las ideas no tienen fin, tienen medios y personas que las piensan.
        La velocidad es otro tema a atender, sería un crimen omitirlo. Cuánto más rápido, menos se ve a los demás. Entonces —lógica pura— cuántas más revoluciones se le pide al motor, menos se analizan las otras ideas. La conclusión es que al analizar con insuficiencia esas ideas, se acerca más al riesgo de desbarrancar el motor, destartalar su propia construcción deductiva o fanatizarlo todo empobreciéndose.
        La otra opción —la excluyente más descartable, ¿se ve?— es ir lentísimo. Uno deja de lado su propio motor y se obnubila, cuales espejitos de colores, con las ideas ajenas. Se pierde práctica, se adoptan posturas y tendencias irreconciliables con la realidad del conductor.
        Otra consecuencia de la baja velocidad —una vez más, la que se desprecia por ser otra— podría ser detenerse. Así, se está rendido. No hay producción de ideas, no se reciben las extrañas ni se buscan nuevas. Volver a arrancar es posible, sólo que cuesta y excede los límites de este análisis.
        En la Ida, a derecha están ellos y a la izquierda, nosotros. Si uno se mueve demasiado a la izquierda —para desmentir otras teorías— no cae en la derecha: queda fuera de la autopista. El afuera es el resto. El resto es la nada. Y de la nada, nada sale.
        En general, alguien por la derecha, evidencia su deseo de “conservación” y los de la izquierda, su búsqueda por el “cambio”. En esta dialéctica de conservar algunos cambios o cambiar todo lo conservado (incluyendo los cambios preexistentes, o más conocido como profundización del cambio), los carriles del medio juegan un triste papel. Son falaces de falsedad absoluta porque: o se conserva o se cambia.
        Como para cambiar hay que moverse, y el centro no se mueve —equilibra, se balancea— entonces, el medio, conserva. O ayuda a conservar. O es cómplice en la lógica de conservar. Empuja el atraso y lo lleva para adelante.
        ¿Qué se conserva y qué se cambia? Bueno, el ser humano pasa su existencia sumergido en este interrogante. Esta pregunta es la guía de la autopista mientras que los pensamientos de cabotaje van por colectora. 
        Por eso, repito, no hay vuelta en la autopista de las ideas porque el tiempo es dictador perpetuo pero está la Otra. Ahí ya no hay ideas, es otra vía. Es la guerra necesaria para mantener la paz. No hay crítica, hay armas. Con ideas, la izquierda vence. ¿Por qué? Porque para cambiar, se requiere más creatividad, más pasión y más humanidad. Para conservar, se requiere hacerse el gil. No importa qué idea sostenga al gil. Con las armas, la derecha gana. ¿Por qué? Fácil, le gusta la guerra.
        Un trasnochado me dijo una vez:
         —Las ideas no se matan.
        Pero otro —el excluido intencional— rebatió que no importaba la inmortalidad de las ideas:
        —Cuidemos la mortalidad de las personas —decía.
        Resumen: la Ida y la Otra. La Otra excluye al todo. Sin el todo, está la nada. De la nada, nada sale. O salen los tiros. Y la Muerte.
        —En la autopista de las ideas, ¿con qué pagamos peaje? 
        —No sé, esa te la debo. Pero mantengámonos en la ida, con las ideas. Evitemos el afuera. Y jamás volvamos a pisar la Otra. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

El poder y la gloria - Graham Greene

sábado, 20 de noviembre de 2010

Tres rosas amarillas - Raymond Carver

martes, 16 de noviembre de 2010

Memorias del fuego 3. El siglo del viento - Eduardo Galeano

martes, 9 de noviembre de 2010

Memoria del Fuego 2. Las caras y las máscaras - Eduardo Galeano

martes, 2 de noviembre de 2010

Memoria del Fuego 1. Los nacimientos - Eduardo Galeano

sábado, 30 de octubre de 2010

Entre cipayos y medianoche

Los cipayos ladran más que nunca, Sancho; señal que cabalgamos,con miles de contradicciones pero maravillosamente.

jueves, 28 de octubre de 2010

Néstor Kirchner murió pero seguirá vivo

Por ese gran argentino
que trabaja sin cesar,
para que reine en el pueblo
el amor y la igualdad.


¡Perón, Perón, qué grande sos!
¡Mi general cuanto valés!
¡Perón, Perón, gran conductor,
sos el primer trabajador!.

Si bien sencillamente me sé la marcha peronista porque es pegadiza, pintoresca y está llena de voces infinitas, admirables de quienes la han sabido cantar con pasión (Walsh, Ongaro, Cámpora, Mugica, la JP, los Putos Peronistas, el Frente de Liberación Homosexual, Cooke, Evita entre muchos).
Hoy esta estrofa, la del medio (esa parte que jamás se nota, que queda en el montón) me pegó una trompada al estómago.
Hace tiempo descubrí que en los momentos más felices (angustiosamente felices, esa angustia terrible que te brinda la mayor felicidad de lograr imposibles) como la aprobación de la ley de matrimonio igualitario se me aflojan las piernas. No pretendo hacer un texto referencial a mi persona pero mis piernas son grandes, fuertes, musculosas y firmes. Las odio y las amo. Es lo que más amo de mi cuerpo: sin embargo cuando mi felicidad no tiene límites se me aflojan. Se me caen y dejo de sentirlas.
Descubro hoy, con asombro también, que en los momentos más conmovedores, lleno de tristeza por el político que se me va también se me aflojan las piernas. La cumbre de la tristeza fue con esta estrofa, en la exacta oración "...para que reine en el pueblo el amor y la igualdad." porque "amor" e "igualdad" recrean todo.

Estoy triste porque se me murió Néstor Kirchner, un tipo de la generación de mis viejos que logró lo impensable. Se dinamizó la militancia, los actores sociales, la Historia, la política, la Patria Grande, Los íconos del pasado más glorioso, la guerra eterna de los jamases contra los siempres, las madres, las abuelas, los hijos, las masas, el Pueblo, el debate, la actividad cultural, filosófica, literaria y cinematográfica. Se potenció la Memoria, las minorías, las diversidades, los sindicatos, los pueblos originarios, el Modelo y los sueños. Se levantaron las Banderas, la ideología, las contradicciones de clase, los periodistas y escritores censurados de los 70´s, las políticas de Estado progresivas y la sana crítica.
Seguirán habiendo mafias, corruptos, crímenes, delitos, violencias, burocracia, enriquecimientos desmedidos, delirios de poder, facilismo, oportunismos y millones de cuestiones por discutir y combatir y espero que gobiernos superadores que profundicen este rumbo puedan erradicar esos flagelos.
Sin embargo, admito (con alegría, satisfacción y esperanza en el futuro) que lo que este hombre ha movilizado será un rasgo fundamental en mí, y en muchos de mi generación.
Cierro esta vivencia con las últimas líneas de la carta de Mempo Giardinelli; Néstor y lo que viene:


Descanse en paz, Néstor Kirchner, con todos sus errores, defectos y miserias si las tuvo, pero sobre todo con sus enormes aciertos. Y aguante Cristina. Que no está sola.
Y los demás, nosotros, a apechugar. ¿O acaso hemos hecho otra cosa en nuestras vidas y en este país? Mempo Giardinelli

martes, 26 de octubre de 2010

El Medio Pelo en la sociedad argentina - Arturo Jauretche

miércoles, 20 de octubre de 2010

El otro soberano

            El pirata Timor huyó hacia Cartago después de saquear las poblaciones que la rodeaban. Sus habitantes, presos de la confusión, festejaron su regreso y lo coronaron rey. Los sacerdotes del templo de Baal decidieron organizar un magnánimo sacrificio y decretaron tres días de homenajes en todo el país.
            Las primeras medidas de Timor fueron purgar a su ejército, a sus consejeros y a sus concubinas. Se convirtió en un amante de las purgas; al punto tal de mensualmente beber pócimas para limpiar su propio estómago. La paranoia creía intramuros pero no así la tristeza del pueblo. Desde la implantación de su gobierno, el clima había resultado favorable para la agricultura. Las lluvias abundaban y los brotes de arroz se podían contemplar exultantes bajo el sol de primavera.
            Un día ante esta situación, Timor le preguntó a su más fiel consejero —el Visir de Oropel— acerca del miedo. Necesitaba saber por qué su pueblo no le temía. Éste le contestó que sólo quienes vivían dentro del palacio podían temerle. El pueblo de Cartago siempre se había comportado en forma independiente a los designios de sus soberanos.
            —Quienes han convertido a Timor en rey, jamás temerán a Timor.
            El pirata creyó que podía superar a todos los otros reyes cartaginenses que lo habían precedido. Se obsesionó por el miedo y por su pueblo. La fuerza de sus órdenes terminaba en el portón del muro exterior; por fuera, nadie acataba sus demandas. Su imagen era tan débil que gran parte del pueblo —quienes defendieron, en aquel momento,  la coronación— no recordaban su nombre.
            Convenía no pensar en el asunto refugiado en las purgas hasta que perdió el gusto por los lavajes. Encontró, casi en simultáneo, otra distracción: designar en cargos imaginarios a personas inexistentes. Su corte se empezó a reunir los días en gloria a Baal pero de la lista completa; ciento veintisiete jamás aparecían. Llamaba al Consejo de Guerra en tiempos de paz y despachaba delegaciones diplomáticas a reinados foráneos ya extintos. La aviesa memoria le hacía nombrar a la misma persona para dos cargos incompatibles. No comprendía las advertencias de que el embajador en Dacia no podía a la vez buscar un acuerdo comercial en Egipto. También a la inversa tenía problemas. Nombró Ministro de Justicia a cuatro cortesanos y ratificó a tres soldados como Sumos Sacerdotes de Baal.
            La inmensa burocracia generó que el Gran Maestro de la Orden Dorada, el Jefe de Jardines y el Ministro del Arroz dudaran de la inteligencia del monarca y le recomendaron descanso. Su respuesta fue categórica. Timor aceptaría retirarse, cuando tres cuartas partes del Consejo Real en plenitud votasen en dicho sentido.
            Los complotados, desilusionados por no poder disponer de votos ficticios, desistieron con el asunto. Aunque tuvieron un golpe de suerte. Luego de saber que su semejante romano había propuesto senador a su caballo personal, Timor dejó de certificar nombramientos. Abatido por la noticia, se concentró en su vieja obsesión. Convocó al Visir de Oropel —que para ese entonces era Protector del Fuego, Gobernador de las provincias insulares, Supervisor de Obras Públicas y Gran Cocinero Real— y le preguntó:
            — ¿Cómo logro yo, Timor de Cartago, ser temido?
            —Majestad, para lograrlo, usted debería ser más glorioso que Baal.
            Timor comprendió que no debía ser más glorioso que su par romano sino que debía ser más que su propio dios. No lograba descifrar cómo podría superar a Baal: su coronación fue en honor a Baal, su título real completo era “Rey de Cartago, Leal servidor del África y Caballero de la Casa de Baal”. Timor poseía un solo palacio, mientras que su enemigo concentraba su poder en setenta templos y altares esparcidos por toda la ciudad. Su sometimiento al dios era rotundo.
            Pasó semanas elaborando planes para vencerlo. El último de ellos fue la firma de un decreto según el cual Baal le obsequiaba el don de la lluvia al monarca. Su corte aceptó la propuesta y sus escribas confeccionaron el documento. Nadie le dio importancia; Baal se opondría al pedido del mortal. Pero el pirata fue más astuto, al pie del decreto agregó el siguiente párrafo:
            "…considérese conferido en forma definitiva hasta tanto Baal —en forma personal—  no se pronuncie en contrario, revocando este documento. Dispénsese a Baal de signar, bástese con su sublime silencio.”
            Timor, el rey pirata que Baal le confirió la lluvia, fue odiado por su pueblo después de la mayor sequía que se recuerde. Escapó hacia el séptimo continente. Murió en alta mar después de una tormenta. Sus últimas palabras fueron:
            — ¿En qué ayer, en qué patios de Cartago caerá también esta lluvia?

sábado, 16 de octubre de 2010

¿Quién mató a Rosendo? - Rodolfo Walsh

miércoles, 13 de octubre de 2010

El aleph - Jorge Luis Borges

lunes, 11 de octubre de 2010

Operación Masacre - Rodolfo Walsh

jueves, 7 de octubre de 2010

Así hablaba Zaratrustra - Friedrich Nietzsche

jueves, 30 de septiembre de 2010

La crítica de las armas - José Pablo Feinmann

lunes, 27 de septiembre de 2010

El coronel no tienen quien le escriba y otro relato - Gabriel García Márquez

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La tregua - Mario Benedetti

viernes, 17 de septiembre de 2010

Ficciones - Jorge Luis Borges

sábado, 11 de septiembre de 2010

La astucia de la Razón - José Pablo Feinmann

lunes, 6 de septiembre de 2010

Nuestro hombre en La Habana - Graham Greene

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El americano tranquilo - Graham Greene

domingo, 29 de agosto de 2010

Madame Bovary - Gustave Flaubert

sábado, 21 de agosto de 2010

Fenomenología del Espíritu - G. W. F. Hegel

lunes, 9 de agosto de 2010

La voz de la montaña blanca

Vuelvo al Mauna Kea otra vez, a ese lugar común que jamás abandoné. Quiero narrar aquí, mientras el tiempo no juegue conmigo a las escondidas, otra de mis anécdotas por el séptimo continente. Monumental viaje que emprendí en fecha incierta sin sentir realmente haberlo concluido. Recuerdo que pasadas dos semanas, arribamos Jesús, Siddattha, Muhammed, el maestro Kong y yo a un pequeño pueblo asentado sobre la ladera de la Cordillera Noroccidental a unas diez mil cabezas por encima del nivel de marea en época tradicional.
La noche quería envolvernos mientras nosotros no nos poníamos de acuerdo en el rumbo a seguir. Kong prefería descansar recostado en una roca y meditar con la contemplación del paisaje en sus hombros. No me hizo caso cuando le pedí que me ayudara a buscar comida, no la iluminación, ya que la primera empezaba a ser escasa. 
Paciencia soltaba mientras se agarraba la cabeza la paz interior es un alimento superior que cualquiera de los que guarda tu imaginación. Yo callé, no quería arruinar su armonía.
Lo próximo en pensar, fue recurrir a Siddartha. Se había alejado unos seis, siete, ocho metros hacia un risco en donde estaba estático un sarrio imperial. Si bien siempre tuvo inclinación a sensibilizarse con la naturaleza, parecía conectado al animal quien lo observaba fijo y éste, hipnotizado, le devolvía la mirada. Cualquier cosa que le dijese, no la escucharía pues sus oídos estaban arrojados hacia el curioso animal. Estuve en lo cierto, se quedó observándolo por nueve minutos que seguramente los sintió interminables.
Muhammed parecía abatido. Había perdido gran parte de la energía con la que comenzó el viaje. Juzgué por su rostro de desconcierto que estábamos perdidos. Si él no sabía cómo seguir, nosotros menos. Así que opté por no molestarlo en absoluto. Jesús creyó lo contrario porque trató con chistes y canciones de hacerlo sonreír sin conseguir nada. Empezaron una discusión causada por la temperamental e intempestiva forma que tiene Muhammed en contestar. Jesús no entró en la trampa manteniéndose en la línea para conciliar la situación. Al final, logró su objetivo: Muhammed se olvidó del mapa y del camino. 
Terminaron hermanados cantando una de los Beatles. Yo accedí a hacerles la cortina musical con las palmas pero no podía desconocer que continuaba con hambre. Mi mente se hundía junto a mi estómago en un lamento interesante cuando Siddattha, corriendo alocadamente, nos interrumpió la canción para decir que al costado del lugar donde estaba el sarrio había un pueblo y seguro tendríamos comida y camas para los cinco. Nos preguntamos los mecanismos de cómo llegó a semejante razonamiento aunque sólo nos susurró que era cuestión de fe. Jesús y Muhammed asintieron. El maestro Kong no escuchó pero afirmo que lo hubiera hecho también. Yo no asentí, mas tampoco me opuse, eran mayoría.
No lo podía creer. En efecto, el poblado estaba allí mismo al costado del sarrio. Su nombre era Mauna Kea, los nativos nos dijeron que significaba “montaña blanca” y que el sarrio que Siddartha encontró era su guardián. Misteriosamente, nos llamó la atención que todos hablaban el mismo idioma que nosotros. El líder tribal nos indicó que éramos bienvenidos ya que el hechicero presagió nuestra llegada —cinco peregrinos los visitarían cuando los días se acercasen al solsticio de invierno. Organizó un banquete y en determinado momento de la noche, se pusieron a corear para animar la fiesta aunque ninguno de los cinco entendió una palabra, cantaban en un idioma indescifrable.
Quisimos saber qué cantaban y por qué lo hacían en otro lenguaje.
—Hombres necios, nosotros los maunakeanos tampoco sabemos qué cantamos. Inventamos un idioma para los cánticos cuyas palabras no tienen significado concreto —sentenció el jefe—. Cada uno le imprime el significado que desea porque es la única forma que encontramos para no aburrirnos de las letras musicales y que éstas perduren por siempre.
—Sirven para cuando uno está triste, cuando uno necesita consuelo, alegría, paz, fuerza y encima van con todo tipo de ritmos —concluyó con un guiño.
Luego prosiguió relatándonos que los maunakeanos dominaban todas las lenguas del mundo pero que ninguna los había esclavizado. Estábamos en presencia del único pueblo que concientemente se inventó una lengua. Comprendimos, también que se podía ser libre del lenguaje y vivir para festejarlo.

sábado, 7 de agosto de 2010

Chacarera del 55 - Mercedes Sosa

viernes, 23 de julio de 2010

Ejecución Inmediata - John Lutz

lunes, 19 de julio de 2010

Retórica - Aristóteles

jueves, 15 de julio de 2010

Por los mismos derechos con los mismos nombres

Olé olé,
olé olá


El matrimonio,
se va a aprobar.
Por la igualdad
y diversidad.


Olé olé,
olé olá


El matrimonio,
se va a aprobar.
Por la igualdad
y diversidad.


Olé olé,
olé oláááá

Y se aprobó la ley. Estos procesos y acontecimientos refuerzan una vez  más dos pensamientos que vivo con intensidad. Por un lado, la Historia se enseña en la calle. En plaza, con frío, bajo las bufandas, con bombos y banderas militantes, con pasión dentro de una carpa de la Comunidad Homosexual Argentina viendo una votación única. Jamás fui a una Marcha del Orgullo, pero haber estado ayer fue impagable. Creo que superó cualquier anécdota que pudiera transmitir.  Mis viejos me acompañaron desde la distancia y espero no pecar de ingenuo pero en mi casa también hay un aire distinto. Pocas veces tuve tanto orgullo de ser argentino y me alegra el alma, por primera vez le festejé su cumpleaños.
Además, no podría haber querido vivir en otra época de este país. Qué inmenso regalo me dio la vida de formar parte de la generación que vuelve a ver la ideología, la militancia, la lucha de derechos, los debates políticos, la revalorización de los trabajadores, la actividad de las organizaciones sociales, la defensa de la democracia y los cambios de paradigmas. Ojalá todos puedan apreciarlo, hay un mundo que revivió hace unos siete años y sería un insulto torpe no abrirle las puertas.
Hoy, las noches serán más lindas porque la sociedad argentina también lo es.

martes, 13 de julio de 2010

El nene de barro, la indiferencia y el ropero


Evité hablar el tema. No quería debatir por impulso o por un acto reflejo. No me interesaba saltar a la primera, preferí digerir y procesar. Leí a varios, con varias voces en varios lugares distintos. No consideré que tenía algo para agregar. Todo estaba sobre la mesa: los bandos, los intereses, las fuerzas, los argumentos, todo estaba. Hubo quienes escribieron párrafos que realmente no aportaban nada nuevo pero me abstengo de censurarlos porque me parece válido si su deseo era alzar su voz junto a las de los demás.
Admito que hoy un relámpago me sacudió la espalda. Un spot publicitario mostraba niños felices, ángeles rubios o castaños siendo abrazados y contenidos por una madre y un padre ejemplares: arquetipos perfectos de una imagen idílica, armoniosa y sin conflictos ni contradicciones. Estas familias felices juegan y se ríen, se abrazan, saltan.
Curioso es notar que no se hablen, no hay diálogos en estas pulcras imágenes de escasa realidad y fantasía desmedida. Las pocas palabras que los miembros de estas hermosas familias dicen, no se lo dicen entre ellos. Las lanzan a la cámara porque se sigue al pie de la letra lo que otros elaboraron. Buscan que nosotros, todos, los receptores de esa basura aggiornada, sonriésemos y nos ablandásemos.
Quien habla es la “gente común” que expresa por qué es necesario rechazar el matrimonio igualitario. Ahora el final es menos sutil, cierra otro nene. Otro estereotipo de nene: gordito, de tez oscura, ojos negros y pelo de paja. Ese nene que emula a los niños susceptibles a la adopción dice, convencido de su manipulación, “queremos mamá y papá”. Yo lo miré fijo, clavé mis ojos y toda mi historia sobre ese estereotipo. Me generó lástima por el abuso al que lo someten otros. Pero también enojo, me encolericé y reconozco que ni bien terminó de hablar apagué la televisión. No me controlé, sentía un insulto a mi inteligencia.
            Toda persona es sometida cuando es funcional a intereses ajenos que incorpora, por medio del engaño, como propios. Eso fue lo que pensé de aquel morocho, de belleza no convencional, de una hermosura que no puede competir en nuestros cánones vacios porque le faltaba todo: ojos claros, pelo claro, piel clara y hasta me animaría a decir alma clara. Las hordas que lo acusan de chorro, de ladrón, de asesino son las mismas que ahora lo elevan como un santo. Una deidad de barro miserable que apela a nuestra piedad y a nuestros sentimientos más blandos para defender sus líneas de pensamiento.
“Con los chicos, no.” reza una frase popular. Yo le agregaría chicos carenciados, olvidados, maltratados, pobres, no. Con ellos, no.
No sé cómo terminará esta epopeya; en las griegas les aseguro que siempre alguien muere. No obstante, el héroe logra su objetivo a pesar de que esa solución desencadenará en el futuro nuevas epopeyas. Desde un principio, creí que el matrimonio era soñar demasiado en un país como éste, avanzar cinco escalones de golpe mientras que por décadas ni nos animábamos a ver la escalera. Soy consciente que esta sociedad no está a la altura de las circunstancias. No compro las encuestas que afirman que el matrimonio igualitario tiene a la gran mayoría del país a favor. No lo sé, no lo creo pero tampoco me importan los números. Somos los suficientes, así sea uno solo. Además, no son fundamentales estas encuestas porque donde hay necesidades hay derechos que se deben pelear, reconocer y finalmente ejercer. Las cantidades de personas sólo sirven como recurso mediático para intimidar o para coaccionar a la realidad.
Podría criticar con ferocidad a los enemigos del matrimonio igualitario. No lo haré y explicaré el por qué. Quiero gastar mis palabras en criticar a nuestra comunidad y a todos los que estamos apoyando la ley. Los otros son impresentables, sus argumentos están cargados de odio y muchas personas que felicito han dejado al descubierto brillantemente en blogs, canales de noticias, diarios sus contradicciones y sus omisiones. Yo no podría explicarlo mejor.
Aunque sí quiero extender mis críticas para quienes apoyamos la ley. Porque quiero que mejoremos y que no actuemos como muchos han actuado en otras circunstancias. Los activistas dan todo de sí pero me gustaría que la CHA o la Federación (los admiro, lo que escribo va con la mejor intención y si no es cierto lo que sostengo, me alegrará mucho desearía que me lo desmintieran) se involucren en otros asuntos sociales no sólo lo que respecta a la comunidad homosexual. Si sólo a los docentes les debe importar el sueldo de los maestros, a los jubilados sus pensiones y a las víctimas del terrorismo de Estado, los juicios a los genocidas, estamos jodidos. No muchachos, yo creo que las banderas deben estar siempre por todos los asuntos que nos comprometen como sociedad si es que tenemos conciencia social. Si no la tenemos, mala suerte, el juego terminó.
Tampoco acepto los que lloran desde caras universidades privadas o amplios livings en pisos con vista a la calle por el matrimonio igualitario y ven su mundo derechoso de cristal dándoles la espalda, ya que cuando estuvieron inmutables por las víctimas de la AMIA, las madres "villeras" que luchan contra el paco, los juicios de lesa humanidad, la Ley de Medios y miles de temas sociales que nos involucran como sociedad en su conjunto. Huele a egoísmo y por lo menos a mí, no me agrada sólo defender mis intereses y mis derechos porque son míos mientras pretendo que toda la sociedad se suba a mi lucha. Hay salir a la calle las veces que sea necesario y no simplemente cuando me tocan a mí. Hipocresía afuera; me recuerda con tristeza la clase media saliendo por el corralito y después desaparecida mientras la miseria se esparcía pero el sistema financiero se normalizaba. Me recuerda a los estudiantes del Mayo francés que tiraron a los obreros una vez que se graduaron. Me dolería creer que si se logra el matrimonio, todos los que se enarbolaron legítimamente por sus derechos vuelvan a ser indiferentes a los derechos avasallados de otros tantos cientos de miles.
Me parece interesante la postura de un grupo que le tomé cierto cariño aunque su nombre yo lo prejuzgaba en demasía. Hablo de la Agrupación de los Putos Peronistas, lo de peronistas es anecdótico pudo ser cualquier partido democrático; pero importa que llevan consigo la herencia del Frente de Liberación Homosexual, del gran Néstor y su séquito (el poeta, aclaro, por si algún trasnochado cree que me refiero al ex presidente) que luchaban por sus derechos pero no eran indiferentes a la militancia, al trabajo en los barrios pobres, a la política y a una ideología particular.
Hay gente valiosa en nuestra comunidad homosexual, activistas que dedican su vida a una causa para esta minoría. Pero creo que no es bastante, se necesita mucho más para esgrimir contra los titanes que bloquean este avance legislativo. Yo fui el veintiocho pero no estuve por el enojo que me dio pensar que en Noviembre en la Marcha del Orgullo que muchos se asquean por considerarla una joda desvirtuada y deforme concurre el doble, el triple hasta el cuádruple de gente. Esperé ver más muchedumbre el veintiocho de Junio, faltabas vos, faltaba yo, faltábamos todos.
Hace tiempo escribí un texto sobre la indiferencia y la homofobia, http://buenosdiaspatricio.blogspot.com/2009/11/martita-y-su-abuelo.html porque ambas están tan relacionadas como dos hermanos ligados por el incesto.
Termino estas líneas desconcertado. ¿Hoy qué día es? ¿Ayer o mañana? El catorce será un día olvidable o quedará como una fecha jubilosa en donde se logró algo increíble en mi memoria para contar en mi adultez y por qué no, en la vejez. Soy pesimista y pienso lo peor. Ojalá, de corazón sinceramente me equivoque. Si acierta mi pesimismo, pido un deseo, que la próxima sea la vencida.

lunes, 12 de julio de 2010

Historia de la eternidad - Jorge Luis Borges

viernes, 9 de julio de 2010

Esperando a Godot - Samuel Beckett

miércoles, 7 de julio de 2010

El libro de arena - Jorge Luis Borges

lunes, 5 de julio de 2010

Cuarteles de invierno - Osvaldo Soriano

viernes, 2 de julio de 2010

Boquitas pintadas - Manuel Puig

miércoles, 30 de junio de 2010

Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina - José Pablo Feinmann (fascículos del 119 - 130 y conclusión)

domingo, 27 de junio de 2010

La villa a los escenarios


Tengo un pensamiento que no lo puedo sacar de la cabeza. Lo pienso largar directo, franco y sin filtro. Hoy por hoy, el teatro nuestro —comercial y no— al tirar la pobreza al centro de la escena peca de hipócrita. Si te digo que quiero hacer  una obra teatral donde los personajes viven en condiciones  muy hulmides, ¿pensás en un conventillo lleno de tanos o en una villa llena de coyas?
Se sigue recurriendo a elementos efectivos pero en desuso, muy alejados de la sociedad actual. Los conventillos, los pañuelos en la cabeza al mejor estilo “nonna del mil novecientos” y los migrantes que bajan de los barcos son de otra época pero el teatro no se da por aludido de ello.
Calculo que para los dramaturgos —como Gregorio de Laferrère— que venían de orígenes distinguidos de la sociedad escribir a  principio del siglo XX acerca de aquellos seres ruidosos que llegaban a la ciudad-puerto habrá sido todo un suceso. No era menor no saber qué hacer con la chusma anarquista encima con el agravante de la Revolución Rusa soplándole la nuca a la sociedad de los dueños: de  las tierras, de las empresas, de los medios, de la Patria, del Estado, de los derechos. Montar en un escenario un conventillo significó un desafío y todo una polémica porque la sociedad tenía la posibilidad de ver sus miserias y participaba de su propio juicio gracias al ingenio y agudeza de un tipo que sólo se puso escribir sobre lo que veía.
En día me parece que todo el mundo —o una gran parte de público y artistas— se aferra a una hipocresía: hoy es más fácil mostrar la pobreza de hace una centuria que mostrar la actual: esta pobreza mestiza, morocha, latinoamericana, mucho más marginal, brutal y explosiva; todo un dolor de estómago.
La villa está excluida del teatro desde el vamos, porque para hablar de la relación que puede haber entre la villa y la cultura hay que despojarnos de prejuicios. No son más que pensamientos patricios y aristocratizantes de entender a los villeros —villero es una palabra estigmatizada que siempre sonará peor que mencionarlos como habitantes de los asentamientos de emergencia— envueltos en un inmenso ambiente de violencia, drogas, prostitución, delincuencia y trabajo esclavo.
¿Qué tiene de artístico la villa? No hay más “pobres pero honrados” que arman sus propios muebles; todo lo compran “trucho” y lo que no es falsificado se apuesta a que es robado. No laburan más sino que viven de los planes del gobierno de turno que los necesita para hacer número en los actos proselitistas y demagógicos. No luchan contra el sistema lanzando bombas a dirigentes sino que por la ayuda de los punteros votan lo que sea y encima les dicen "gracias". No les importa si en el futuro sus hijos serán profesionales porque los tienen como conejos y después los usan: para pedir limosna, para afanar o incluso para venderlos a las familias de “bien”. No tienen gusto ni clase porque si les das plata lo primero que hacen es comprar unas zapatillas llamativas fucsia y naranja, en el mejor de los casos— que los hace más “villeros” aún. No creen en la Iglesia convencional como lo hacían los inmigrantes sino que venden su alma a cualquier dios pagano o a un tránsfuga que se autoproclama “El Pastor”. Además, van a joder a un lugar con música que sería un pecado llamar misa. Ni hablemos de la cumbia, expresión cultural que es el único bastión generado desde los mismos sujetos olvidados y apartados por todos los demás, la cual es menospreciada y subvalorada desde la primera impresión por ser simple "música de negros".
La lista sigue hasta el infinito cuyo propósito es generalizar para demonizar. En resumen, ¿qué podría tener de atractivo eso para escribir un guión? ¿No resulta, acaso, más virtuoso y melodramático desarrollar el concepto de “pobre pero honrado”? Es reconfortante para la conciencia del opulento la imagen pulcra del pobre inmigrante europeo de rasgos armoniosos con enorme energía para el trabajo. El Teatro reflexiona la pobreza actual con la foto vencida. Porque, en definitiva, esa es la pobreza de la que uno sólo puede pensar: la pobreza funcional del hombre o mujer que trabaja a sol y sombra, noche y día para lograr que su hijo tenga más oportunidades que las que él tuvo. Los que tienen mucho y los que tenemos algo nos agrada esa forma de los que no tienen nada. Es uan forma netamente inofensiva.
Ahora bien, en este siglo XXI la pobreza es totalmente diferente, se le privó a ese  europeo aquel trabajo que lo hacía precisamente obrero, laburante, artesano, etc. Son condenados en un sistema que les exige obligaciones sin darles derechos. Este sistema les quitó los mecanismos para luchar soñando en ideales. Perdió la militancia combativa y frustrado con fusil en mano es previsible que lo use para robar. La misma arma que quizás hace cien años hubiese usado contra los que él creía eran los culpables de su paupérrima situación. Ahora portan armas los chicos, los medianos y el resto y no tienen miedo de morir y de matar por lo que sea. En el mundo de la nada, cualquier objeto es algo más que nada.
Porque sigo sosteniendo que para muchos la inseguridad —como en su momento lo fue el anarquismo, el socialismo y todas las formas combativas de las clases bajas para lograr que sus demandas sean escuchadas— es lo que hace que importe la pobreza. Sin delincuencia originada en la exclusión, muchísima gente no tendría ningún deseo en mejorarle la situación a nadie.  A los villeros se les pide dos cosas: que no tengan nada y que no jodan así los otros pueden seguir teniéndolo todo.
El Teatro es un gran ámbito de denuncia y provocación. Sin embargo, me parece que mientras las obras y los relatos sigan aferrándose a esa naif versión licuada del conventillo, el arte sobre los escenarios seguirá siendo hipócrita negando un mundo para no cuestionarlo. Espero que de aquí en más, el Teatro siga el ejemplo de otras ramas del arte y haya una apertura como la que tuvieron quienes llevaron el conventillo al centro del debate en el momento oportuno.
Cuando el reflejo nos vomita mierda, tapémoslo para que no manche la alfombra.

martes, 22 de junio de 2010

El hacedor - Jorge Luis Borges

lunes, 21 de junio de 2010

Los conjurados - Jorge Luis Borges

domingo, 20 de junio de 2010

El príncipe - Nicolás Maquiavelo

jueves, 17 de junio de 2010

El oro de los tigres - Jorge Luis Borges

martes, 15 de junio de 2010

Las de Barranco - Gregorio de Laferrère

lunes, 14 de junio de 2010

El informe de Brodie - Jorge Luis Borges

sábado, 12 de junio de 2010

El capital - Karl Marx

jueves, 10 de junio de 2010

Tema del Jubilado - Ignacio Copani


En cien trabajos gasto su vida,
entre sudores y desengaños,
sumando ausencias, angustias y años
como antesala de su partida.
Una tarjeta de jubilado,
manos vacías, tiempo sobrante,
ojos que miran hacia adelante
pero adelante solo hay pasado.
El jubilado, sombra de plaza,
perfil cansado y vista escasa.
Por toda su obra el jubilado
con lo que cobra come prestado.
La calle es lucha... ruidoso enjambre
y el solo escucha la voz del hambre,
el jubilado, tercera edad... gran olvidado,
vive en la gris soledad.
La vieja plaza, la vieja historia,
los nuevos pibes, nuevas palomas...
Flotando vuelven dulces aromas
que el solo huele con la memoria.
Si todo falta, si nada alcanza
como comprarle su sol al nieto
que exige urgencias saltando inquieto
sobre ese césped de la esperanza.
El jubilado en loco exceso
hoy se ha gastado sus pocos pesos,
habrá en su plato un pan de menos
pero más gratos serán sus sueños.
Remonta el pibe nuevo juguete
y al viento exhibe su barrilete
y el jubilado, crease o no
corre a su lado y hasta también sonrió.

lunes, 7 de junio de 2010

El manifiesto comunista - Karl Marx & Friedrich Engels (Traducción Miguel Vedda)

miércoles, 2 de junio de 2010

La metamorfosis - Franz Kafka

sábado, 29 de mayo de 2010

La muerte de Iván Ilich - León Tolstoi

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los condenados de la tierra - Frantz Fanon


Hoy, haré un cambio.

No es por hacerme eco de aquellas voces que me han planteado varias veces por qué subo los títulos de los libros que leo sin agregarles nada. Jamás opté por dar la lógica explicación. No me interesa aclarar tantos con gente maliciosa que pretende ver una soberbia de la que carezco y que además me incomodaría mucho poseer. Vean que hace tiempo, no subo hechos en cascada sólo por escribir sobre mí. Dejé las reflexiones propias sobre cosas estrictamente personales porque esos tópicos no le importan a nadie. Resulta gracioso pensar que estas voces no me hayan tildado de soberbia cuando escribía mis pelotudas reflexiones; quizás les gustaban por tienen una curiosidad estúpida que les impide vivir sus propias vidas.
Yo valoro mis palabras por lo que no escribo nada que previamente no haya pasado una pregunta de rigor: ¿Vale la pena trasmitir esto a los demás? Preguntármelo, es signo de que valoro a los demás. Y los libros los pongo como quien escribe en papelitos cosas que atesora y desea llenar toda una pared. No es vanidad, es simplemente un mensaje, a mi mismo, entrelíenas: Uno es lo que lee. Patricio, no lo olvides.


Lo que quería decir hoy es que, este libro de Fanon, llegó justo para esta época conmemorativa y de festejos que me hizo pensar mucho sobre esa África colonial del siglo XX y nuestra Latinoamérica del siglo XXI. Me vuelvo a lo mundano con un dolor de pies, con horas dando vueltas por la Nueve de Julio, con la emoción que me produjo escuchar a Estela de Carlotto entrevistada por Víctor Hugo, con la sonrisa de ver esos otros actos de la izquierda más dura sobre la plaza Lorea, con el cántico de la militancia escoltando los pasos de Chávez, de Evo, y de toda la comparsa, con un debate interesante sobre subdesarrollo en la carpa montada por el Partido Obrero, con siete libros nuevos comprados en la Avenida Corrientes, con el disfrute del Tercer Festival sobre Diversidad Sexual y de Género en ese fantástico cine como es el Gaumont, con un saludo de Randazzo, con el asombro por la proyección sobre el Cabildo —que fue para mí lo mejor de lo mejor— y con lágrimas y respeto por los cuadros de Malvinas y de las Madres de Plaza de Mayo. 
Continuaré mis caminatas por Avenida de Mayo, la Plaza y el Congreso los sábados y domingos cuando no hay casi nadie; con la postal fulminante de estar en esos lugares junto a otro tantos millones de personas aquella jornada en que se festejó el Bicentenario y del que no fui ajeno.
Recordé una frase que me dije el veinticuatro de Marzo: Hoy otra vez, me doy cuenta que la Historia se enseña en la calle.

miércoles, 12 de mayo de 2010

El lado de la sombra - Adolfo Bioy Casares

martes, 11 de mayo de 2010

Una muñeca rusa - Adolfo Bioy Casares

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte?


Retomo Viamonte hacia el Bajo. Es domingo, moribundo, velorio en la calle. Mis pasos emiten ese no sé qué particular, como si pisase huevos descalzo. Enumero las baldosas hasta llegar al doscientos y —por no confiar en mi poder de retención— continúo desde el cero. En un principio era una maña para distraer a mis pensamientos; con el tiempo se volvió habitual y yo me convertí en experto.
Después de repetirlo por enésima vez, detenido en la número cuarenta y cuatro, levanto la cabeza. Se lo ve apoyado sobre la persiana metálica, tienda de electrónica de segunda mano, allá lejos a tan sólo dos cuadras exactas de mí. Guantes tejidos y bufanda de autor, cigarrillo en boca y mocasines hecho para pies de un número más chico, quizás dos. No usa pañuelo para estornudar ni anteojos negros para esconder su malestar.
Los domingos se lleva un banquito viejo y una armónica muda. Nunca sabré si es por su voz, demasiada débil o porque el pobre objeto perdió su utilidad. Música no hay mas sopla y sopla el ciego de Viamonte cual lobo feroz a los chanchitos. No desea derrumbar casas ni construir maravillas. No presume vanidad ni emana orgullo. Sin embargo, tiene los ojos más hermosos que un ser humano pudiera tener. 
Ese color claro, bellísimo por no ser marrón ni negro ni común. Son, calamidad mediante; esferas inertes, prisioneras a perpetuidad de un crimen que no cometieron. Un ciego con ojos de oro, qué contrariedad. Los ojos muertos devienen en ciego, no en persona, en ciego. Rótulo para el supermercado de la vida, para el circo de vanidades vacías.
¿Quién es tan injusto de darnos ojos bellos para no poder ver? ¿Cuán bellas son las cosas antes y cuán bellas son las cosas después de no tener función alguna? ¿Cuántas bellezas nunca percibo que por sólo quedarme con lo superficial no les doy la merecida importancia? ¿Hasta dónde importa la claridad de color en los ojos? ¿Cotizan igual cuando todo se derrumba, se menosprecia y a pesar de ser claros sólo reflejen la peor oscuridad? ¿Se aplica esta regla a las personas? ¿Me deslumbro por seres luminosos en hipocresía y apariencia o por el contrario, me irradio de luz genuina, no tan extraordinaria, pero sí muy reconfortante?
¡No! Antes yo catalogaba a ese hombre por aquel color deslumbrante pero aprendí a ver a través de esos ojos. Son de oro por su esencia y si sus ojos lo convertirán en ciego, él los convierte en telescopios.
Porque al verlo, me veo a mí mismo. No es un espejo de nada pero es un reflejo de todo. Clavo mi vista en su vista aunque él no lo sepa. Mirándolo aprendo a deleitarme por las cosas verdaderas, no por trivialidades o coloridas novedades alocadas. Junto a él en Viamonte, los domingos, yo apago mi televisión diaria, mi noticiero eterno. Cuando me acerco, dejo de escuchar los huevos rotos  de mis pasos y sin hablarle lo saludo con mi mano. Él no se detiene de soplar mientras sonríe. No me cabe duda, es su forma de darme la bienvenida.
¿Qué pasa cuando el circo no nos quiere y nos desecha? ¿Iremos todos a soplar a la calle Viamonte cuando no tengamos utilidad? ¿La ceguera trae al hombre hasta allí? ¿Y la armónica? No lo sé. No puedo hablar por todos; aunque hoy, aquí, el ciego viene para ser oído y no dudo que seguirá viniendo a Viamonte los domingos. Se ubicará con su banquito delante de la cortina de metal y yo, público amateur que no entiende de conciertos; me haré una, dos, tres, infinitas posibles escapadas para observar su espectáculo. 
Sucede que en Viamonte, los domingos y después de contar dos mil cuarenta y cuatro baldosas en grupos de a doscientas, yo olvido mis miserias, endulzado con la más maravillosa música que me puede dar la vida. Él deja su ceguera, se monta en la fantasía y nos alucina como el flautista de Hamelin.  

domingo, 2 de mayo de 2010

Felipe Varela contra el Imperio Británico - Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde

martes, 20 de abril de 2010

Un mundo feliz - Aldous Huxley

martes, 13 de abril de 2010

La ciudad ausente - Ricardo Piglia

viernes, 9 de abril de 2010

La Filosofía y el barro de la Historia - José Pablo Feinmann

jueves, 8 de abril de 2010

Rebelión en la granja - George Orwell

miércoles, 24 de marzo de 2010

Nunca más

Olé olé, 
olé olá
Como a los nazis, 
les va a pasar.
Adonde vayan,
los iremos a buscar.

Olé olé, 
olé olá
Como a los nazis, 
les va a pasar.
Adonde vayan,
los iremos a buscar. 

Olé olé 
olé oláááá.

Cántico voceado con  intensidad y pasión. Conmovía a las baldosas de la plaza y a las palmeras que se hacían ver al traspasar el Cabildo. Me hice un tiempo para marchar en solitario, para sentir yo, no otro, junto mis pensamientos esa energía y darme el lujo de comtemplar a ese organismo vivo que latía en todas las personas que me rodeaban. El calor popular, ese caleidoscopio lleno de colores, sabores y olores caminaba hacia a un solo lugar mientras al fondo y a lo lejos, los pañuelos blancos nos aguardaban.
No pedía demasiado. No tendré, acaso, el poder para analizar tantas contras y tantas críticas. Yo me sentí satisfecho. No alegre, ni contento. Sino lleno de paz al saber que no me privo de ser parte de la Historia. Porque hoy más que nunca, aprendí que la Historia, esa materia que tanto me apasiona, se enseña en las calles.


(Disculpen mi ortografía pero quiero escribirlo en caliente porque así fue vivido)

 
"Cada uno de ustedes hoy, aquí en este lugar, son nuestros hijos también. Muchísimas gracias chicos." Hebe de Bonafini, 24 de Marzo de 2010

martes, 23 de marzo de 2010

Peronismo. Filosofía política de una obstinación argentina (fascículos 1 al 119) - José Pablo Feinmann

sábado, 13 de marzo de 2010

El otoño del Patriarca - Gabriel García Márquez

miércoles, 10 de marzo de 2010

Nuevo negocio


Inaugurado hace unos meses. Barrio de  bien, esquina de bien, incluso el puesto de diarios de bien; todo a la redonda es de categoría, de distinción, de gente como uno. En estas esquinas —les explico a los que no tienen la dicha de vivir en lugares así, pobrecitos ellos— se huele la sencillez de la cultura y se camina con los tacos altos de la honradez. Nuestro negocio —llamado “Cultura Libros”, no por casualidad— fue abrir una librería en el medio de la intelectualidad.
Barnizado el piso, diagramadas amplias salas de lectura, erigidas estanterías hasta donde fue posible. Los libros, nuestros libros tenían que llegar al techo. Imponencia y elegancia siempre. La comodidad al servicio de la literatura.
Mis clientes son sublimes. No son lectores, no para qué, eso ya está obsoleto. Ellos son clientes. Porque un cliente no lee: no lee las fechas de vencimiento, no lee la información nutricional, no lee los porcentajes de los materiales usados en la confección, no lee las recomendaciones del distribuidor, no lee las garantías ni tampoco lee los manuales de uso. Era predecible qué montados en esta vorágine, los compradores de libros tampoco lean lo que compran.
Escuchen.
—Yo no leo mucho, compro mucho. Por ejemplo, el último que leí, lo escribió ese portugués que ganó el Nobel. No me sale el nombre. —confesó sin pudor.
La vendedora sí sabía pero no sabía.
—Ah sí. Sabés que a mí tampoco me sale.
—No importa, lo que te decía era que ese libro me pareció un embole pero yo tengo una regla de oro —murmuró solemne el cliente—. Libro que empiezo lo termino. A pesar de que me resulte un bodrio como el del portugués.
—Sí, a mí me pasa lo mismo.
—El del portugués no lo terminé pero es pesadísimo. Habla de vidas de mierda, una después de la otra. Para vidas de mierda está la mía, no necesito que un tipo cualquiera me lo diga.
—Tal cual —dijo la vendedora con una sonrisita tonta.
—Por eso me compro este libro chiquito para intercalarlo con el bodrio aquel.
El ayudante de la cajera no se quiso quedar atrás. Comentó un par de frases sin mucha trascendencia por lo que ambos no le dieron importancia a su intervención. Mientras la vendedora cargaba en el sistema la compra, el hombre extraía una tarjeta dorada que brillaba como el sol a pesar de estar nublado.
—¿Alguno de todos éstos son para regalo, señor? —preguntó el ayudante.
—Sí, este y el grandote de allá.
Los dos libros fueron envueltos en un papel celeste y se le adhirió un moño gris a cada uno. El resto fue embolsado sin más. Estaban los ocho libros dentro de la bolsa cuando le avisaron que le cobrarían sólo siete.
—Qué honor, qué delicadeza, encantador lugar.
Guardó su tarjeta dorada, se despidió muy cordialmente, caminó los pasos suficientes para llegar hasta su camioneta y para perderse de la vista de los demás.
Dios los crió y les dio platita. Ellos… no leen sino que compran.

lunes, 1 de marzo de 2010

Escrache - Ignacio Copani

Me acuerdo bien
de cada campaña y cada promesa,
de los supuestos
desterradores de la pobreza.

Me acuerdo bien
del traje prolijo y la dentadura
desde el afiche
que aseguraba pan y cultura.

Me acuerdo bien
y le doy las gracias a mi memoria,
no voy a ser
tan tarado de repetir la historia
de darle un voto
a los que te mienten y te saquean
y ahora se quejan
porque en la calle los reputean.

Y qué esperaban?...
Que los aplaudan?...
Que los alienten
con palmaditas sobre la espalda?...

Y qué esperaban?...
Un monumento?...
No haría falta
porque su cara ya es de cemento.

Mientras acá... sopla otro viento
y Ustedes tiemblan
al ver los barrios en movimiento.

Con sus colegas,
sus asesores y sus parientes
se repartieron
lo que le falta hoy a tanta gente.

Su dignidad
quedó sepultada adentro de un sobre
y ahora se asustan
viendo en la marcha a miles de pobres.

Y qué esperaban?...
Que los abracen?...
Alfombras rojas y
una ovación cuando Ustedes pasen?...

Y qué esperaban, sus Majestades?
Que los reciban
con bombas y fuegos artificiales?

Mientras acá...
todo está en llamas
y la impaciencia
como una brasa se desparrama.

Violaron leyes
y se empacharon de privilegios,
cerraron campos,
teatros, fábricas y colegios,
se maquillaron
por ser famosos desde la tele
y ahora lloran,
porque el escrache, cómo les duele.

Y qué esperaban?...
Que alguna orquesta
hiciera un himno en su honor
y anime su eterna fiesta?

Y qué esperaban?...
Que los manuales
dentro de un siglo
destaquen su obra y sus cualidades?

Mientras acá, acá en la vía
se escriben páginas
de tristeza todos los días.

Me acuerdo bien
de la vez que hicieron su juramento,
como al que gana la lotería
los vi contentos,
cumplieron bien sirviendo al poder
que siempre los manda.
No será Dios
pero ahora La Patria se los demanda.

Y qué esperaban?...
Un homenaje?
Que les mandemos postales
cuando se van de viaje?

Y qué esperaban?...
Una medalla?
Les va a quedar muy bonita
encima del traje a rayas.

Porque esta vez... no nos estafan...
Vamos a ver si el pueblo es la ley,
de esta cómo zafan.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El extranjero - Albert Camus

viernes, 19 de febrero de 2010

Diario de la guerra del cerdo - Adolfo Bioy Casares

viernes, 12 de febrero de 2010

El fuego de Funes


Una ruta. Un periodista. El resto se lo dejo a los rumores. Las habladurías son lapidarias cuando el tema es la ruta nacional once. Noche silenciosa, fuego embravecido y autos que se convierten en ataúdes.
           Después de que el miedo se esparció como el fuego entre la pólvora gris, nadie se volvió a atreverse a  transitar por aquella ruta. La gente del lugar advierte de una maldición peligrosa. Los que creen —y no revientan de ingenuos— sostienen que a mitad de la noche, bajo el cielo estrellado, los conductores empiezan a divisar a lo lejos, fuego, y cuanto más se acelera intentando esquivarlo, más invade y más come. Todo el paisaje se llena de llamas y los automóviles se precipitan al horrible final. Las muertes se cuentan por decenas, niños, mujeres, ancianos, grupos numerosos y solitarios: el “fuego de Funes” no hace excepción.
            Lo peculiar de los relatos es que la mayor cantidad de muertes se aglutina cerca de la localidad de Funes, en su tramo por el interior de la llanura en dirección a las grandes urbes. El paso del descrédito hizo que los pobladores y chacareros se alejaran de allí y vendieran todo. Los que compraron, jamás quisieron habitar esos parajes y quienes no pudieron venderlos, dejaron los terrenos a la suerte.
            En Funes ya no se habla del asunto. Prefieren silenciar todo y que cada cual haga con su vida lo que desea. No tienen interés en salir por la televisión ni en las páginas de los obituarios menos aun en la sección policial.
            Andrés Pereyra es de Mar del Plata, trabaja en una radio local pequeña ,dedicada a los chismes y a los escándalos de poca trascendencia. El manejador de la emisora, en miras a aumentar la fama de su empresa, lo manda al lugar. Andrés es valiente, tenaz y perseverante. Sin chistar ni contradecir a su jefe. se lanza espectacularmente a la aventura, al rumor paranormal, a los misterios de la noche y al “fuego de Funes”.
            El día que elige viajar es un jueves siete a la madrugada. El sol se ha escondido y una débil luz de luna le ilumina el parabrisas. Entretiene su vista con la señalización rutera, dispersa por la línea de asfalto infinita y poderosa. Su automóvil, un Fiat modelo modesto de color verde esmeralda está lleno de basura: de cuadernos de notas, cámaras viejas y rollos de película fotográfica sin estrenar.
            Sesenta y siete kilómetros por hora. Cruza la localidad de Funes, distingue el lúgubre cartel de bienvenida al pueblo que lo saluda dormido. Persianas bajas y calles desiertas. No hay luz, no hay nada. Se detiene en una estación de servicio donde un viejo zorro demacrado, barbudo y cansino lo interroga indiferente. Le pregunta hacia dónde va Andrés, por qué maneja por allí y cuál es el motor de esa necesidad nata de querer averiguar lo que no se debe averiguar. El viejo se despide de nuestro periodista pero dándose un tiempo para advertirle del peligro que corre, su deseo de qué desista y qué de persistir, escuchara al fuego y frenase.
            Ochenta y seis kilómetros por hora. Andrés sale de Funes con el tanque lleno. No debe esperar mucho tiempo, entre la cortina negra en que se ha convertido la noche en los campos, comienza a aparecer una lucecita tímida incolora, insípida y minusválida. El silencio es cortado por el motor del Fiat y por los crujidos de la caja de cambios.
            Noventa y ocho kilómetros por hora. Sin otros autos que le hagan compañía, Andrés no se deja conmover por la inquietante lucecita. Relativiza el tema y aprieta el acelerador. A medida que la velocidad asciende vertiginosamente, y para su horrible sorpresa, presencia como un espectador que no logra salir de shock la tenue luz que se hace más grande. No sólo es un punto en el horizonte, no es la única. Varios, muchos, decenas de puntos brotan de la tierra seca a lo lejos, en la inmensidad de los pastizales.
            Ciento tres kilómetros por hora. Andrés mueve su cabeza y no puede evitar sobresaltarse al ver que los puntos lo han invadido todo. En los costados y atrás del Fiat, la noche es cortada de cuajo por las esferas lumconvierten en llinosas que no respetan una silueta. Las luces se ensanchan en tímidos incendios aislados. Luego, el fuego vivo destroza la maleza seca, las casas y las señales del camino. Aumenta en intensidad y Andrés se desespera. La noche ya no existe, el “fuego de Funes” ha iluminado su cara, su auto, sus cámaras viejas, su cuaderno de notas, el paisaje e incluso la raya fina del horizonte infinito.
            Ciento nueve kilómetros por hora. Sus ojos no pueden creerlo, ellos son testigos de un infierno voraz que se acerca a la ruta, al auto y a Andrés sin el menor remordimiento. Las llamas no son normales y su color enloquece más a Andrés. No tienen el color del fuego: no son rojas, ni amarillas tampoco azules como un incendio de gas. Son verdes. Llamas verdes se acercan a su Fiat, pero lo que Andrés se da cuenta que no es un verde común. Es un verdoso rabioso que ya ha visto muchas veces. Es un verde esmeralda igual, igual al de su diminuto automóvil. Otra cosa que atormenta a Andrés en que delante de su vehículo no hay nada. Las llamas devoran cualquier cosa en los costados y atrás pero adelante del parabrisas sólo hay oscuridad, densa, pesada como una selva infranqueable.
            Diez kilómetros por hora. Andrés desesperado y con lágrimas en sus ojos sólo piensa en frenar. Clava el pie en el pedal y el Fiat pierde velocidad. El fuego está a su alrededor por no quema. Es un fuego verde esmeralda que no quema si se lo toca. No da calor tampoco: no existe. El “fuego de Funes” es una ilusión, piensa respirando profundamente. Baja la velocidad a la mínima expresión. El juguete de acero verde se detiene en medio de la nada. Andrés cierra los ojos y se entrega al Destino. Los abre y el fuego desaparece. No hay bolas de fuego infernales que lo invadan, no hay cientos de luces ni tampoco hay pequeñas lucecitas diminutas.
            Setenta y tres kilómetros por hora. Andrés confiado retoma la marcha. Busca causas y justificaciones en su cansancio o en un simple engaño tonto que le hizo la mente o la vista o ambos en simultáneo.
            Ciento catorce kilómetros por hora. El fuego vuelve a aparecer. Pero Andrés lleno de valentía ciega e infinita sordera, no le hace caso. Se da tiempo para sacar las manos y tocar las llamas verdes que están por todos lados. Una vez sí, dos no. Esta vez su mano siente, al tocar el fuego como si tocara una lija oxidada. El “fuego de Funes” raspa la piel de Andrés como si fuera una lija corrosiva. Su carne se raya y una molestia que no llega a ser dolor lo ataca por todo el cuerpo.
            Ciento veintitrés kilómetros por hora. Andrés observa un túnel. Allí el fuego se extinguirá. Ríe amargamente y decidido a vencer entra en el túnel. La luz del Fiat se desvanece dentro del túnel junto con la risa del periodista. Silencio total.
            De golpe, unos ruidos. Golpes, ramas cortadas y una explosión.
Al día siguiente unos baqueanos encuentran un Fiat verde esmeralda, boca abajo, descarrilado de la banquina a metros de la entrada del próximo poblado a Funes. Después del túnel, hay sólo dos kilómetros de aquel pueblo: un detalle, luego del túnel una curva muy cerrada es tan mortal que si no se avanza despacio es imposible no salir de la ruta. Parece un accidente pero los baqueanos —quienes lo saben muy biengritan al viento que el “fuego de Funes” fue el culpable. Todo hace indicar que las llamas malditas acabaron con su vida.
El auto de Andrés fue encontrado vacío, con algunas pequeñas abolladuras, carcomido por el óxido, con la pintura reseca y sin neumáticos, parabrisas ni motor. Tenía el aspecto de haber estado allí abandonado por más de cuarenta años. Andrés, por su parte, como las demás víctimas jamás apareció y su cadáver tampoco.

Cañada de Funes, Provincia de Buenos Aires, 1994.    
Dejemos hablar al viento - Juan Carlos Onetti
Dos veces Junio - Martín Kohan
1984 - George Orwell

miércoles, 27 de enero de 2010

América - Franz Kafka

domingo, 17 de enero de 2010

Historia universal de la infamia - Jorge Luis Borges

miércoles, 13 de enero de 2010

La importancia de llamarse Ernesto - Oscar Wilde

martes, 12 de enero de 2010

La invención de Morel - Adolfo Bioy Casares