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domingo, 27 de diciembre de 2009

Mis tan amados detractores


Con el micrófono sujetado sobre la solapa de la camisa, el grabador empieza a funcionar. La cámara le apunta a la cara. Salceborg mira a la periodista con displicencia. Primero le echará las últimas pitadas a un cigarrillo que se convirtió en pura colilla, antes de responder. Mientras fuma, inspecciona con los ojos a la entrevistadora. Ésta es una mujer de unos treinta años, de abundantes caderas y anchas piernas. Su rostro, en cambio, es alargado y puntiagudo. Como pintor, Salceborg evita las asimetrías, aunque debe reconocer que en esta mujer el desequilibrio le brinda simpatía y frescura. Si fuese balanceada —piensa, siguiendo el humo de la colilla— no tendría sentido su existencia. Salceborg pide que le retiren el cenicero de vista porque si lo tiene cerca, lo siente, lo percibe y a la larga le exigirá volver a fumar.
La periodista realiza un movimiento cómplice a su camarógrafo y suelta la primera palabra. Salceborg percibe que la mujer sentada a su lado trabaja tras los pasos de un manual invisible que le dicta qué preguntar y cómo debe reaccionar ante las distintas respuestas. Repasan su vida y sus famosas obras.
No quiere dar detalles de las causas por las que a los sesenta años abandonó la pintura, ni contar porqué prefirió vivir el resto de sus días en aquella quinta de naranjos e higueras rodeada de mesetas planas y vivaces bosquecillos que se balancean con los vientos de la noche. La periodista insistente se aferra a su frío manual y persiste en conocer ese punto de inflexión en la vida de Salceborg.
—Vamos Maestro. No puede negar que en medio de este lugar tan agradable, no haya dudado en volver a los lienzos y a los óleos. Envidiable fuente de inspiración —comenta la periodista alejándose del manual donde se limita al periodista a mero hacedor de preguntas, prohibiendo acotar opiniones personales.
—Usted es muy joven, señorita. Se nota que desconoce mis trabajos y mi trayectoria —suspira Salceborg—. ¿Es curioso, no? De los diez años que cargo aquí, jamás concedí una entrevista a nadie. Es la primera que acepto y me traen a una ignorante de mi carrera. Curioso, sumamente curioso y fascinante, no hay duda alguna.
La periodista atina a decir algo, lo que sea que sirva para su defensa. Pero no tiene argumentos, sólo está cubriendo una suplencia. Se informó antes de comenzar sobre su vida, su obra más famosa —llamada Los tres sillones amarillos—, los motores de sus trabajos y los amores y odios que despertó desde que aquella pintura cautivó al mundo. Sin embargo, siente no tener ni la menor idea a quien le está preguntando y lo peor de todo que nunca hizo una entrevista. Ante su boca silenciada por la intimidante postura del artista, éste prosigue diciendo:
—A ver, niña, cuénteme. ¿Cómo se llama? —La mujer no contesta— ¿Acaso no le hice una pregunta? —insiste Salceborg por segunda vez.
—Me llamo Yolanda.
—¡Ajá, Yolanda! ¿Deseó trascender alguna vez, señorita Yolanda? ¿Deseó tener conocimiento  de lo que hablarán sobre usted cuando deje este mundo? ¿Mientras usted estaba llena de vitalidad y de vigor pensó sobre la importancia que su existencia le aportó a la vida?
Salceborg cierra los ojos. Huele el intenso aroma de la naranja sin madurar y a pesar de no ver nada, su rostro apunta directo a los ojos de Yolanda quien se ha ruborizado y continúa muda.
—Supongo que no lo ha pensado. Le cuento un secreto —dice Salceborg haciendo de cuenta que el camarógrafo era otro de los tantos muebles esparcidos por el vestíbulo de su quinta—, yo tampoco lo he pensado.
—No diga eso. Usted es un grande. “Los tres sillones amarillos” lo demuestran —agrega Yolanda.
—Ah sí, aquel cuadro. Pero fíjese ahora, usted es una periodista seria e informada y yo soy un intento burdo de artista. ¿De qué grandeza me habla? —Ironiza el viejo mirando al cielo—. Mi obra no trascenderá, querida Yolanda. Dudo mucho que mis más férreos admiradores, si es que alguno de ellos es sincero o simplemente me alaban porque envidian ser Salceborg, recuerde mi existencia. Ni hablar de aquellos que ‘sólo les gusta’ mi obra.
Humedece sus labios y traga saliva. Le lanza una sonrisa paternal a Yolanda quien confundida no comprende muy bien a donde derivará la entrevista. Ella elige no angustiarse y renuncia a pedirle que vuelvan a retomar el reportaje desde donde lo han dejado.
—Cuando estuve ante la carta anónima de mi primer detractor, descubrí mi importancia. Al leer esas líneas de odio e incomprensión entendí que al fin logré mi objetivo. Mi arte no buscaba aceptación. Yo odiaba a mis admiradores porque me hacían conformarme y empequeñecerme. Seguramente a muchos no les habrán gustado mis cuadros pero sólo los sinceros detractores, monstruos crueles que no piensan en la obra sino que sólo lastiman antes que mis obras los lastimen a ellos, harán mi trascendencia. Después de aquella carta vulgar y patética, me alegré como si nunca me hubiera alegrado así en mi vida.
—¿Qué decía la carta, Maestro? —pregunta Yolanda sumamente intrigada.
—Es lo de menos, lo maravilloso que después de aquella, vinieron más. Cientos, miles más, a lo largo de treinta y tantos años. Muchos dirán que tener más detractores que fanáticos es de mediocre. Para mí es lo contrario. Es fácil cautivar al público. Pero que te odien, precisa de un trabajo psicológico muy complejo. Trabajo del cual, me siento muy orgulloso —concluye Salceborg, acto seguido le sonríe a la cámara y le extiende la mano a Yolanda.
El viejo vuelve a respirar profundamente, se llena del aroma de los naranjos y apoya la cabeza sobre el respaldo de su mecedora. Su entrevista ha concluido.

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