QUERIDO LECTOR, TODOS LOS PERSONAJES QUE AQUÍ APARECEN SON FICTICIOS; LÉASE SALIDOS DE LA MENTE. CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES MERA COINCIDENCIA

martes, 24 de noviembre de 2009

Martita y su abuela

La indiferencia, llamada Marta, jugaba con sus muñecas de trapo. Pasaba horas con ellas sin preguntarse jamás lo qué querían. Las moldeaba a su antojo. Les decía qué vestir, qué usar, qué decir y a cuál muñeco debían amar. La indiferencia entendió la causa de su problema. Allá lejos pero cerca convivía con su abuela, la homofobia. Marta no podría imaginar una vida sin ella. Aprecio le tenía por ser nieta, sin embargo Martita decidió hablar con su abuela. La encontró postrada en su sillón y le preguntó:


- Abuela, ¿es verdad lo que andan diciendo mis muñecas? - preguntó Martita con suma ingenuidad. Ojos saltones, grandes, de color café miraban fijos a la abuela.
- ¿Y qué es, acaso, lo que dicen de mi persona?
La abuela se erigió de repente. Movió la cabeza tratando de saber de dónde provenía la curiosa vocesita. Marta, escondida tras la cortina, con su vestido rosa y lunares blanco, evitó observarla. Respiró profundamente, cerró sus ojos café y comenzó a avanzar hacia la abuela. Miraba al piso con la cabeza agachada, sentía vergüenza y miedo pero a la vez no podía evitar caminar hacia ella que se encontraba en la punta opuesta de la habitación.
- Ven nena, acércate. - le dijo al sentir que se le aproximaba. Sujetó el bastón e intentó pararse pero no pudo. Ofuscada por su debilidad, se dejó caer por su peso muerto.
- Bueno bueno. Dime niña, ¿qué es lo que hablan de mí?
Martita se acercó a la desganada anciana, posó sus manos sobre el respaldo del sillón aunque prefirió no tener contacto con su abuela. Después de una larga pausa, le dijo:
- Se comenta por doquier que usted es una retrógrada.
Ante aquella escabrosa afirmación, la vieja se apagó. Sus canas grises, su mirada perdida y su rostro demacrado permanecieron inmutables, impasibles. A pesar de no considerarla como una digna rival, se alarmó por semejante cuestionamiento. Se tomó su tiempo para responder. En realidad no había nada para decir. No fue una pregunta lo que se le había formulado. Martita nunca le preguntó nada porque no le importaba saber la respuesta de la parca estatua. Simplemente creía en la necesidad de qué llegase a sus oídos.
- ¿Por qué hay que cambiar lo que nunca se cambió? - No quiso decir aquellas palabras pero le salieron desde sus adentros. No obstante, decidió aclarar mejor sus ideas.
- Pareciera, Martita, que la gente quiere cambios por el sólo hecho de cambiar. Los cambios se venden como buenos pero lo duradero es lo único que garantiza estabilidad. Y la estabilidad es la base de todo.
- Comprendo tus palabras y tu firme convicción. Pero insisto, ¿por qué le tiene miedo al cambio, usted?
- Yo no le tengo miedo al cambio. Le tengo odio. El cambio del qué hablas está guiado por la irresponsabilidad, el hedonismo y el libertinaje. ¿Qué otra cosa puede producirme, que no sea odio, una degradación como ésta? - dijo la abuela mirándola con desprecio. Acto seguido se relajó contra el sillón y dijo:
- Además yo les he dado a ellas libertad a pesar de generarme repulsión. Siempre desean más, nunca van a parar. ¿Martita, conoces la causa de ello?
Martita movió la cabeza en forma negativa. La vieja la miró inquisidoramente tratando de analizar sus pensamientos y le contestó:
- Porque lo que quieren es cambiarlo todo. ¡Todo! Quieren que los que no sean como ellas, los que no tengan su condición se los considere como anormales. Ellas sólo anhelan venganza.
- No creo. Mis muñecas piden sus derechos. En realidad, los tienen. Tú se los has dado. Pero les niegas reconocérselos por tu amarga ceguera y tu postura fanatizada.
- Prefiero perder la vista antes de ver la degradación humana que me planteas.
- Mientras tanto, abuela, ellas están perdiendo la vida.
- ¡¿Qué vida?! Son personas de segunda y lo sabes muy bien.
- Qué hipocresía en su hablar y qué odio les guarda a la gente que desea vivir libre, sin conflictos, sin sentirse marginada, discriminada ni menospreciada. Ese odio suyo encierra miedo. ¿Sabe?
La vieja no permitió continuar. Con las manos hizo un gesto para hacerla callar pero ella tomó valor y siguió con su discurso.
- Usted no deja cambiar. No se da cuenta que el cambio vendrá porque nadie puede evitar que ocurra. No es dueño de la realidad, ésta nos pertenece a todos. - hizo una pausa, se mojó los labios y continuó diciendo, - pero a pesar de ello, yo le soy funcional a usted.
- Tan funcional has sido, pero nefastas ideas traes contigo.
- Señora mía, he sido indiferente a los ataques y a su modo de actuar. No me importó cuántos la han pasado mal gracias a usted. No me importó a todos los que marginaste, ni todas las lágrimas amargas que por tus gritos y rechazos se han derramado. No le di importancia a los chistes descalificantes ni a los estereotipos banales que encasillaron a tantos. Pero ahora, al verla a usted me siento reflejada. Por mi indiferencia, me he convertido en usted. En alguien que habla sin saber, que cree saber lo que desconoce, que evoca a Dios o a otro ente abstracto para justificarse. Francamente, no tengo forma de perdonarme mi falta. Usted no es más que la construcción colectiva de la indiferencia y la pasividad.
- Si tú me has construido, ¿por qué ahora me cuestionas?
- Muchos como yo aún te siguen creyendo. Nosotros te dimos el poder y la llave de nuestra realidad. Nos reímos de los chistes ofensivos prejuzgando al indefenso.
- Lo hecho, hecho está Martita. No importa cuántas marchas hagan. Nunca vencerán en una sociedad como la tuya.
- Déjese de patrañas, vieja. En cuarenta años se ha conseguido lo que necesitó de mil años para concebirse. Se va a morir de miedo cuando le cuente lo que sucederá en los tiempos venideros. No habrá más fríos que le den a usted, el poder de hacer nevar.
- ¡Calla niña tonta! Te compadezco por idiota.
- No señora mía, yo me compadezco por cobarde aunque a usted, yo, le tengo lástima.


La nena cerró los ojos y dio media vuelta. Tomó sus muñecas vestidas de varones para darles un beso a cada una en la mejilla.
- Perdonen lo que he sido. Porque soy tan culpable como el monstruo que hasta hoy he amparado bajo mi total indiferencia. Nunca pierdan su orgullo.


Diálogo entre la homofobia y la indiferencia
Patricio Subirol
Noviembre 2009, Buenos Aires

6 comentarios:

Nadia dijo...

"..Lo hecho, hecho está Martita. No importa cuántas marchas hagan. Nunca vencerán en una sociedad como la tuya..."

ESO HAY EN ESE PRECISO INSTANTE QUE LEIA ESA FRASE ME AFLOJE, SE ME AFLOJO EL CORAZON Y LAS PIERNAS. SE ME AFLOJARON UNAS CUANTAS LAGRIMAS.

Amo dijo...

Hola ! Llegué a tu blog por el grupo en FB en apoyo al matrimonio gay.
Más que interesante tu relato, me gustó mucho ! Es la pura verdad.

BESOTE ENORME.
Amorina~

Volviendo a Crecer dijo...

Que lindo texto Patricio, genial poder leer de vez en cuando algo así!

Si supieran esos que hasta hoy en dia se creen virtuosos por considerarses asérrimos enemigos de lo distitnto, que ahora vamos por todo.
Poniendo el cuerpo y haciendonos visible, normalizar un gesto de amor entre dos iguales. Sólo de eso se trata.

Un abrazo y te sigo leyendo. Diego.

Un tal Patricio dijo...

Gracias gente!
Este texto me resume muchas cosas, así que me alegra compartirlo con ustedes.

Un beso para Diego, Amorina y Nadia.

Kaoz dijo...

He estado leyendo algunos de tus relatos y este en especial me gusto mucho y dice muchas verdades. Suerte y sigue escribiendo de esta manera, porque lo hacés muy bien :).

Un abrazo!

Kaoz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.